miércoles 8 de febrero de 2012
Manifiesto de la Espiral de Emprendedores Conscientes
sábado 4 de febrero de 2012
¿La escuela mata la creatividad?
¿La escuela mata la creatividad?
Dicen que la creatividad es el gen del genio y del talento, el que determina que haya Einsteins, Edisons, Leonardos, Quevedos o Steves Jobs, y que todos los niños nacen con él. Entonces, ¿por qué despuntan tan pocos de mayores?
ES | 03/02/2012 - 08:33h
Sir Ken Robinson, uno de los mayores expertos internacionales en el desarrollo de la creatividad y la innovación tiene muy claro por qué dejamos de ser creativos al crecer: “Los niños arriesgan, improvisan, no tienen miedo a equivocarse; y no es que equivocarse sea igual a creatividad, pero sí está claro que no puedes innovar si no estás dispuesto a equivocarte, y los adultos penalizamos el error, lo estigmatizamos en la escuela y en la educación, y así es como los niños se alejan de sus capacidades creativas”.
No es el único que lo cree. Cada día son más las voces que advierten que el sistema educativo, la escuela, mata la creatividad. Entre ellas la de Petra María Pérez, catedrática de Teoría de la Educación y miembro del Instituto de Creatividad e Innovaciones Educativas de la Universidad de Valencia. “Hay numerosas investigaciones que señalan que la creatividad de los niños decrece con los años de permanencia en el sistema educativo, de forma que la curiosidad y la búsqueda creativa da paso, con el tiempo, a comportamientos más rígidos, convergentes e inflexibles”, apunta. Y lo justifica: “En la escuela se enseña al niño a amoldarse a los patrones establecidos, a adoptar un pensamiento convergente en lugar de divergente; al profesor le interesa que los niños contesten lo que se espera acerca de determinados contenidos y que los estudiantes no se salgan de las rutas trazadas”.
En ello ahonda Fernando Alberca, profesor, formador de maestros y autor, entre otros libros, de Todos los niños pueden ser Einstein (Toro mítico). “Si un maestro pide a un niño que dibuje un paisaje y el crío es muy original y pinta todo de negro, el profesor le rectifica; el profesor no está preparado para ser sorprendido y, habitualmente, no le gusta ser sorprendido; el profesor quiere que las respuestas en los ejercicios y en los exámenes se ajusten a lo que dice el libro o él ha explicado, y eso limita el potencial de los niños, los hace más torpes y menos inteligentes porque utilizan poco la imaginación, no se les deja ser creativos, y así pasa que, cuando salen de primaria, y aún más de secundaria, son menos creativos que cuando llegaron a la escuela”, relata.
Petra M. Pérez recuerda que el éxito escolar significa sacar buenas notas, y quienes las sacan son quienes se adaptan mucho al sistema educativo, quienes asimilan y repiten lo que les cuenta el profesor y siguen los patrones establecidos, arriesgando e innovando lo mínimo para no cometer errores ni hacer el ridículo. “Luego, en el ámbito profesional, se pide gente creativa, innovadora, emprendedora, que piense, que tenga ideas originales, que busque soluciones propias; y los alumnos de buenas notas no saben hacerlo porque, en la escuela, que es donde ellos eran buenos, les daban la solución que seguir y lo que primaba era hacer las cosas cómo les decían, de una única manera, sin pensar diferente”, alerta. Las reiteradas intervenciones públicas de Sir Ken Robinson o las declaraciones del escritor y divulgador británico Mark Stevenson –autor, entre otros de Un viaje optimista por el futuro (Galaxia Gutenberg)– asegurando que “el sistema educativo imperante trata a los estudiantes como objetos de una cadena de montaje, chafa la creatividad y estigmatiza el error”, ponen de manifiesto que no se trata de un problema específico de la escuela o de los profesores españoles. Robinson, en sus conferencias explica que todos los sistemas educativos del mundo datan de una realidad del siglo XIX, donde se iba a la escuela para conseguir un trabajo, y se basan en una jerarquía de temas donde las matemáticas, los idiomas o las humanidades tiene más peso que las artes porque el objetivo es llegar a la universidad y preparar profesores universitarios. En una sociedad industrial, formarse quería decir acumular información y conocimiento para luego aplicarlo en el puesto de trabajo. Hoy, en una sociedad donde la información está a golpe de clic, más que acumular conocimientos teóricos se necesita desarrollar habilidades y capacidades para el desempeño profesional. “Los cambios sociales y tecnológicos han modificado el mundo y ahora uno, tras pasar por la universidad, obtiene un título pero no un trabajo, y en el mundo laboral se pide una inteligencia diversa mientras que el sistema educativo merma algunas capacidades: no enseña a bailar igual que enseña matemáticas, no apuesta por la música porque no lo ve como algo de utilidad para un trabajo, y no educa a la totalidad del ser”, resume Sir Ken Robinson.
Petra M. Pérez señala que “el ser humano necesita la creatividad para llegar a la solución de los problemas; decimos que el emprendimiento es el futuro, pero en el sistema educativo actual lo anulamos porque cuando un niño contesta algo distinto a lo esperado los maestros le corrigen, y así van cercenando su capacidad de ser creativos e innovadores”. Y remarca que no se trata de criticar la actitud ni el trabajo de los profesores, sino de cuestionar los métodos de enseñanza: “Tal como funcionan hoy la mayoría de colegios, si un chaval resuelve un problema de matemáticas o de física siguiendo los pasos adecuados, lo que le han explicado, aunque se equivoque en el resultado el maestro valora el ejercicio; en cambio, si llega a un resultado bueno pero por otros métodos, sin seguir el procedimiento, no se da por bueno”. Eso, enfatiza, hace que se fomente la repetición en lugar de la creación, que se promueva la acomodación en lugar de la experimentación y que los niños y jóvenes acaben por no arriesgarse a pensar diferente por miedo al error.
Fernando Alberca pone como ejemplo lo que ocurre en sus clases de ética, en cuarto de ESO, cuando plantea a sus alumnos qué tipo de examen prefieren: si uno para el que tengan que estudiar y repetir lo que pone en el libro, u otro para reflexionar sobre los temas que han tratado en clase. “Incluso los más brillantes se sienten inseguros sobre la nota que sacarán en un examen abierto y prefieren una prueba donde puedan asegurar un nueve sin riesgo; ¡pero sin riesgo no hay posibilidad de mejorar!”, se lamenta.
Dicen los expertos que tampoco debe extrañar la reacción de esos chavales, de 15 o 16 años, cuando llevan desde los tres percibiendo que en el colegio es mejor no dar opiniones propias o diferenciadas si no se quiere correr el riesgo de oír que son “descabelladas” o de que le pongan a uno en ridículo, y enfrentándose a exámenes donde lo que se revisa es qué errores han cometido en lugar de si han creado o inventado algo, o elaborando trabajos donde el profesor no sólo dicta el tema sino el guión que seguir, la extensión que ha de tener, la forma de presentarlo y, a veces, hasta las fuentes donde obtener la información, tal y como explica el director del Instituto Avanzado de Creatividad Aplicada total y del máster en Creatividad de la Universidad Fernando Pessoa, David de Prado.
Fernando Alberca enfatiza que hay un trasfondo anatómico (neurológico, si se quiere) en todo este debate. “La creatividad tiene que ver con el hemisferio derecho del cerebro, el que rige las emociones, la imaginación, los sentimientos… Y la escuela está centrada en el hemisferio izquierdo, en el análisis, la razón, la secuencia uno a uno. Por eso se organiza en cursos, trimestres, lecciones… y se prima la organización, el orden, los trabajos en power point y los exámenes de respuestas cerradas”, explica. La realidad es que todas las personas (maestros y alumnos incluidos) disponen de los dos hemisferios cerebrales, pero la mayoría utiliza más uno que otro, y eso hace que cuando un profesor da unas explicaciones matemáticas o sobre física basadas en el hemisferio izquierdo, estas resulten de difícil comprensión para aquellas personas con predominio del hemisferio derecho. ¿Qué quiere esto decir? Que cuando el maestro pregunta a un niño “¿5 y 7?”, y este responde “57”, quizá ni sea un ignorante ni esté burlándose del profesor, sino, simplemente, aplicando una lógica diferente, la de unión en lugar de suma. Alberca explica un caso vivido en primera persona cuando, ante un problema matemático que decía “si hay ocho caracoles en una cesta y salen dos ¿cuántos quedan?”, su hija contestó: “Ocho”. “En lugar de decir que no tenía ni idea, le pregunté por qué, y me contestó que dos había salido de la concha pero seguían siendo ocho en la cesta”, rememora.
Sir Ken Robinson proporciona otro ejemplo. El de una niña de seis años trabajando en la clase de dibujo a la que su maestra pregunta: “¿Qué estás dibujando?”, y contesta: “A Dios”; la maestra le advierte: “¡Pero si nadie sabe cómo es!” y la niña responde: “Lo sabrán en unos minutos”. La cuestión, apunta Alberca, no es que en clase cada alumno conteste lo que le parece, sino que el profesor tenga en cuenta el factor humano, que hay niños que utilizan una lógica distinta, la de la imaginación, y pregunte el porqué cuando vea una respuesta anodina, además de adaptar sus explicaciones y su lenguaje para facilitar la comprensión por parte de quienes procesan primero por el hemisferio derecho. “Muchos de estos chavales acaban engrosando las estadísticas de fracaso escolar, pero no son menos brillantes ni mucho menos, sólo tienen una lógica distinta”, dice.
Y deja claro que no son casos aislados. Según su experiencia, aproximadamente un 40% de los estudiantes tiene predominancia del hemisferio derecho. Por otra parte, estas personas acostumbran a ser más intuitivas, a tener más empatía y una visión más globalizadora, cualidades todas ellas muy apreciadas en el mundo profesional actual. “A veces basta con modificar el enunciado de los problemas matemáticos, con hacerlos más emocionales y plantear una división como un reparto de pasteles y pan entre cuatro niños hambrientos, o tener en cuenta una visión más emocional de los relatos históricos, para que estos chicos no fracasen en ese área”, ejemplifica. Y aboga por fomentar la creatividad, por exámenes con preguntas nuevas sobre el tema explicado, de modo que las respuestas hayan de ser creativas y lógicas, y se puedan valorar no sólo las repetitivas, sino todas las que sean creíbles, válidas y lógicas, puntuando además la originalidad.
Claro que también hay maestros que trabajan más con el hemisferio derecho “pero tienden a ser expulsados del sistema, porque en lugar de considerarlos más creativos se les suele tildar de extravagantes y se les reprocha que no enseñen las cosas importantes”, concluye Alberca. Su receta para paliar todo esto es introducir asignaturas sobre creatividad en el aprendizaje o la imaginación como herramienta para la resolución de problemas en todas las escuelas de formación del profesorado.
Para resolver los problemas importantes, ya sean en el ámbito escolar, laboral o personal, hay que combinar los dos hemisferios, la intuición con el análisis. “Si te encuentras con alguien por la calle, el derecho te avisa de que a esa persona con quien te cruzas la has conocido antes, y el izquierdo le pone nombre”, ejemplifica Alberca. Está convencido de que si la escuela cambiara, los estudiantes –y sus resultados– serían más brillantes “porque hoy en el ámbito escolar triunfan los menos imaginativos y después vemos que muchos de los grandes profesionales a los que admiramos por su inteligencia y creatividad no sacaban buenas notas en el colegio”. Petra M. Pérez remarca que la creatividad es una destreza adquirible, que puede aprenderse y enseñarse, si bien requiere más tiempo y dedicación para esperar hasta que los niños dan con las soluciones correctas, así como apostar por la flexibilidad, la originalidad, la imaginación, el dejar experimentar, la receptividad a nuevas ideas, el fomentar la confianza… Claro que hay profesores y centros que ya trabajan con estos planteamientos.
http://www.lavanguardia.com/estilos-de-vida/20120203/54247867713/la-escuela-mata-la-creatividad.html

martes 3 de enero de 2012
Repensando la educación
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| Sólo porque todo el mundo crea que algo es verdad, no significa que lo sea. El traje nuevo del emperador (Hans Cristian Andersen) Imagina que tienes una casa vieja, que se está cayendo a pedazos, donde nadie se siente cómodo, que se construyó en una época en que todo era distinto: el precio del terreno, los materiales, las técnicas de construcción, la composición de las familias, las necesidades que ellas tenían, la tecnología, el medio ambiente, etc. Tienes 2 alternativas bien concretas: O sigues invirtiendo dinero a fondo perdido en volver a remendar una casa que está condenada a derrumbarse (con el riesgo de quedar sepultado bajo sus escombros) o la derribas de una vez y, sobre sus cimientos, refundas un nuevo hogar, coherente con lo que demandan los tiempos que vivimos y, sobre todo, los que nos esperan. ¿Qué harías tú? Con la educación está pasando lo mismo que con la casa vieja. El sistema se cae a pedazos pero todas las propuestas se centran en conservarlo a toda costa y ponerle todos los parches que sean necesarios. Últimamente, la mayoría de esos arreglos tienden a concentrarse en inyectar más dinero en forma de becas para los estudiantes, créditos más baratos, eliminar el lucro, aumentar el presupuesto del Ministerio de Educación, etc. Ojala fuese tan fácil. Singapur, uno de los países con mejor desempeño del mundo, gasta menos en educación primaria que 27 de los 30 países de la OCDE. Drucker afirmaba que “es mejor hacer mal lo correcto que hacer bien lo incorrecto”. Si no se rediseña primero el modelo, gastar más dinero sólo servirá para hacerlo inútil pero mejor hecho. Curiosamente, no hay ni una sola voz discordante que plantee que tal vez ha llegado el momento de cuestionar el paradigma y optar por cambiar el modelo, de construir una casa nueva… Es muy natural resistirse a dejar lo que nos acompañó por tanto tiempo porque se ha generado apego, a veces por cariño, otras por puro interés. En un artículo sobre energía, un experto comentaba: "Necesitamos un nuevo fuego. El viejo fuego nos sirvió mucho. Nos permitió crecer como especie y modernizarnos, pero ahora nos está generando problemas. Ahora necesitamos un fuego que sea seguro y duradero”. Debe estar todo el mundo muy entusiasmado con su “vieja casa educativa” porque no surgen opiniones con la suficiente valentía como para atreverse a proponer que llegó el momento de agradecerle los servicios prestados y tirarla abajo. A nadie le gusta que le engañen pero hay algo mucho peor que es engañarse a uno mismo. Eso estamos haciendo con la educación desde hace ya demasiado tiempo y la trampa que nos hacemos es muy burda: Aunque no queramos reconocerlo, el modelo de educación que tenemos NO FUNCIONA, no resiste más PARCHES y hay que ENTERRARLO porque, al igual que la casa vieja, su tiempo ya pasó. Está claro que hablar de fomentar la innovación, de generar un país de emprendedores, de impulsar el pensamiento crítico es fácil pero actuar en consecuencia es bien diferente. Mi propuesta es muy simple: ¿Por qué no dejamos de perder tiempo, recursos y energías en arreglar un modelo que hace aguas de forma irreversible y nos dedicamos a pensar, sin límites ni restricciones, un modelo innovador? El país que logre esta hazaña será sin duda pionero a nivel mundial y obtendrá una ventaja competitiva decisiva sobre el resto. Si ciudadanos de todos los países evalúan muy negativamente sus respectivos sistemas educativos y al mismo tiempo colocan la educación como uno de sus temas prioritarios, ¿Qué podemos hacer? He aquí 2 premisas y 3 paradigmas a considerar: Primera premisa: Repensar la educación Para este ejercicio, las 2 primeras preguntas son: ¿Por qué existe la educación? y ¿Necesitamos educación? No crean que todo el mundo está de acuerdo, basta recordar la conocidísima proclama de Pink Floyd We don´t need no education. Si como resulta probable, concordamos que es imprescindible un proceso que ayude a preparar a los niños y jóvenes para la vida, entonces también sería razonable preguntarse: ¿Tiene que ser tal y como lo conocemos (y como siempre ha sido) o podemos imaginar otras alternativas? Hasta la fecha, no ha habido manera de probar nuevas fórmulas. Segunda premisa: Concordar por qué la educación que tenemos es mala Si nadie discute que necesitamos un proceso educativo y existe consenso respecto de que la educación es mala, entonces es fundamental compartir un acuerdo sobre qué falla por que hoy coexisten multitud de diagnósticos. He podido comprobar que hay coincidencia en reconocer que la educación no funciona porque no cumple la promesa de prepararte para la vida y en concreto, para el mundo del trabajo. Es un hecho que la educación existe para entregar a los jóvenes las herramientas para que sean autónomos y puedan valerse por sí mismos. Acceder a un trabajo que les permita subsistir y desarrollarse es su primera prioridad. Como ejemplo, este ranking de universidades es elaborado a partir de lo que dicen los empleadores. Ahora bien, si la educación no cumple dicha promesa no es porque los jóvenes no sepan lo que les han enseñado (supuestamente han dedicado 17 años a estudiar y han aprobado rigurosísimos exámenes) sino porque no les han enseñado lo que de verdad hace falta para vivir y trabajar y por tanto, no saben lo que es importante saber. Si esto es así, ¿Qué hay que hacer para remediarlo? Se atribuye a Henry Ford la frase Si hubiese preguntado a la gente que querían, me hubiesen dicho que un caballo mas rápido. Hace mucho que aprendí que añadir tecnología o invertir recursos en un proceso que no funciona, sin haberlo repensado, no sólo no lo mejora sino que lo empeora. ¿Estamos dispuestos a romper los principales paradigmas (curriculums anticuados e inamovibles, cursos y asignaturas como elemento central, preminencia de los profesores, aulas como epicentro de toda actividad, exámenes como método de evaluación, notas como sistema de calificación, etc.) para diseñar una nueva educación? Primer paradigma: Lo que hay que saber ya está decidido VERSUS decidir qué es importante saber. Todos sabemos que al terminar la universidad, apenas éramos capaces de llevar a cabo alguna de las tareas que se requieren en cualquier trabajo en una organización pública o privada. En cierto modo era normal, no en vano habíamos dedicado 5 años a escuchar profesores y estudiar y no a practicar esas tareas que nos esperaban. Al mismo tiempo, para los empleadores que hoy contratamos a un joven recién licenciado, su expediente académico es cada vez menos relevante mientras asumimos que deberemos invertir mucho tiempo y dinero en enseñarle lo necesario para que pueda rendir según lo esperado. Por lo tanto, la primera gran decisión consiste en guardar momentáneamente los curriculums actuales en un cajón y discutir, desde cero, cuales son los desafíos que van a enfrentar nuestros hijos (medio ambiente, desempleo, energía, salud, calidad de vida, distribución de la riqueza…) y que necesitarán saber para superarlos. Si por ejemplo, llegamos a la conclusión de que es importante contar con ciudadanos colaborativos (que piensen en términos de “nosotros” en lugar de “yo”), tenemos que dejar de fomentar la competencia feroz y el individualismo exacerbado promovido ya desde los procesos de selección de numerosos colegios pasando por los rankings de notas, etc. Si de verdad queremos ser innovadores, entonces hay que abandonar los contenidos, la memorización y el estudio tradicional y hay que fomentar las actividades, los proyectos, los errores… La pregunta es ¿Qué ciudadanos queremos? ¿Estamos dispuestos a rehacer esos curriculums centenarios y que tienen a tantos profesores y empresas interesados en mantenerlos ? No es la primera vez que nos referimos a este tema Segundo paradigma: Se aprende estudiando y aprobando exámenes VERSUS decidir cual es la mejor manera de aprender eso que hemos acordado que es importante saber. Las ciencias cognitivas han avanzado enormemente en los últimos años para demostrar que resulta insostenible el hecho de que no se modifiquen las metodologías de aprendizaje que llevan siglos instaladas. Con ratios de 1 profesor para 30, 50 ó 100 alumnos, aparentemente la única alternativa que tiene un profesor es “dar clase”. La mayoría de los seres humanos creen que para aprender hay que hacer un curso, asistir a un aula, escuchar a un profesor, estudiar un libro y aprobar un examen. Así fue como aprendieron toda su vida y por tanto ¿Cómo ponerlo en duda? Sin embargo, el proceso natural de aprendizaje que todos hemos experimentado desde que éramos bebés nos dice todo lo contrario: Aprendemos haciendo, practicando, persiguiendo objetivos que nos importan, equivocándonos y corrigiendo nuestro comportamiento hasta que logramos hacerlo bien. Todo lo que hacemos lo aprendimos así aunque no seamos conscientes de ello. Y ni siquiera hay que ser experto en aprendizaje para darse cuenta. La oscarizada película El discurso del Rey es un magnifico ejemplo sobre cómo diseñar un proceso de aprendizaje: tenemos por un lado un “aprendedor” (candidato a rey del imperio británico) con un elevadísimo nivel de motivación por aprender a hablar en publico sin tartamudear y tenemos por otro lado a un experto en oratoria (no en educación). ¿Qué hace el experto para ayudar al aprendiz? No le da ninguna lección magistral, no le obliga a estudiar ningún texto ni le hace tests de respuesta múltiple para evaluarle y ponerle nota. Al contrario, hace algo muy lógico. Diseña una serie de actividades, de más simples a más complejas, para que el futuro rey practique y le va corrigiendo a medida que este va cometiendo errores. Así de sencillo, pone el foco en las actividades y no en los contenidos. El rey trabaja duro y sufre para progresar ya que como afirman los monjes shaohlin, sin sufrimiento no hay aprendizaje. El experto sabe perfectamente que los exámenes teóricos no tienen sentido porque nunca más en tu vida como adulto volverás a examinarte, si exceptuamos al sacar el carnet de conducir. También sabe de sobra que no necesita diseñar un curso, dividirlo en asignaturas… De nuevo tenemos ante nosotros otro gran desafío. Si preparamos a los jóvenes para el trabajo, entonces necesitamos que aprendan a hacer y no sólo que sepan, y para ello es imprescindible practicar. A este tema también nos hemos referido muchas veces, porque aunque sabemos aprender, parece que seguimos sin saber cómo aprendemos Tercer paradigma: Los profesores son responsables del estado de la educación VERSUS decidir el rol que deben jugar los principales actores del modelo: Profesores, Padres y Alumnos Todo el mundo cree que cualquier profesor, por el hecho de serlo, sabe como se aprende y por tanto sabe enseñar. Falso. Y todo el mundo insiste en que tener mejores profesores es sinónimo de mejor educación. ¿Son realmente tan importantes los profesores?. Un experto reconocido como Sugata Mitra probó, mediante su mundialmente famoso experimento Hole in the Wall,como un grupo de niños es capaz de aprender a utilizar un computador sin que existiera planificación alguna, sin saber el idioma y desde luego sin profesor. De ahí su afirmación “si un profesor puede ser sustituido por un computador, entonces que lo sea”. Es lo mismo que en cierto modo preconiza la aclamada KahnAcademy, una idea tan encomiable como inútil . Antes de obsesionarnos con tener mejores profesores, es necesario tener claro qué entendemos por un buen profesor. A estas alturas, ya todos debiésemos saber que la característica esencial de un buen profesor no es el dominio de su asignatura sino que sea un experto en aprendizaje (especialmente en el difícil arte de la motivación), algo que ocurre en escasas ocasiones, sobre todo en la universidad. Existen profesores que creen firmemente en este principio pero que rápidamente suelen ser liquidados por el sistema. La realidad es que los profesores conocen sus materias pero no saben cómo hacer que sus alumnos las aprendan. Aquí tenemos otro desafío gigantesco: garantizar que todos los profesores sepan enseñar. Posiblemente la figura que mayor impacto tiene en el desarrollo de un ser humano son sus padres. Desde que un niño nace, no hay función más importante para sus progenitores que acompañarle y guiarle en un apasionante, dilatado y complejo proceso de aprendizaje. Y para este viaje ¿qué habilidades tienen los padres como educadores? Aparte de su instinto, su cariño y su compromiso a toda prueba, lo cierto es que ninguna. ¿Será suficiente con eso? Todos los padres se lamentan de lo débiles que son sus estrategias a la hora de educar a sus hijos. Nuevamente, aquí tenemos otro enorme desafío por delante: Garantizar que todos los padres se conviertan en verdaderos expertos en aprendizaje. El futuro de nuestros hijos depende en gran medida de ello. Respecto de los alumnos, tan sólo una reflexión: Algo estamos haciendo mal cuando los niños no quieren ir al colegio y, a los jóvenes, lo que de verdad les interesa de la universidad es el título y no aprender. Como cualquier profesor sabe, el aprendizaje depende de tener un “aprendedor motivado”, alguien que quiera aprender, de otra forma todo se vuelve infinitamente más complicado. Si el refrán dice, “no hay peor ciego que el que no quiere ver”, podemos refrasearlo así “no hay peor alumno que el que no quiere aprender”. Mientras no nos preocupemos seriamente de cómo lograr que los alumnos quieran aprender, simplemente seguiremos perdiendo la batalla. Dejo para una columna posterior el análisis de un paradigma específico: La tecnología no es la solución para el futuro de la educación pero sin tecnología no hay solución. No puedes resolver un problema en el mismo estado mental en que se creo (Albert Einstein). ¿Hasta cuando seguiremos engañándonos a nosotros mismos? En Chile por ejemplo, se discute seriamente cambiar el incoherente régimen electoral diseñado tras la dictadura e incluso el sistema tributario. Sorprendentemente, las propuestas para resolver el desastre de la educación no abordan el corazón del problema y se quedan en lo superficial. ¿Será la educación el único dinosaurio que se mantiene inamovible mientras el resto de la sociedad evoluciona y se moderniza? ¿Por qué no hay espacio al menos para probar algo distinto y darle una oportunidad a un modelo nuevo? Si hay ideas que permitirían de verdad innovar en un modelo que ha dado suficientes muestras de agotamiento ¿Por qué nada sucede? Mi opinión es que quienes tienen la responsabilidad, es decir los políticos, no saben cómo hacerlo o carecen del coraje requerido. Mien tras tanto, quienes están involucrados en el fenomenal negocio de la educación (que son muchos), carecen de voluntad, no tienen el más mínimo interés en poner en riesgo sus suculentos beneficios, más bien al contrario. Por eso todas las propuestas son siempre cosméticas e insisten en que todo siga igual, en vestir a la mona de seda. Tengamos clara una cosa: jamás las innovaciones provienen de los actores consolidados, de quienes dominan un mercado sino de la periferia, de aquellos que no tienen nada que perder con el cambio, de los outsiders, de los que no están encadenados por los paradigmas. En el 2011, fueron los estudiantes quienes amenazaron el status quo. ¿Qué nos deparará este 2012? Feliz año para todos. |
sábado 24 de diciembre de 2011
UNA EMPRESA EN EL AULA
Se habla de la necesidad de la existencia de emprendedores en la economía española, de la necesidad de fomentar su aparición a través de la formación integrándola en los currículum de primaria y secundaria. Una iniciativa en ese sentido que se desarrolla desde hace 7 años en el Colegio Público 'Clara Campoamor de Riaño, en la asturiana cuenca del río Nalón. El proyecto se llama "Una empresa en mi aula" y enseña a los alumnos a crear una empresa desde cero. Afortunadamente este proyecto se esta extendiendo por otras regiones españolas.
sábado 3 de diciembre de 2011
Hacia un aula del siglo XXI
Estamos en el siglo XXI y la educación utiliza métodos del siglo XIX. Afortunadamente los aires de renovación que la sociedad demanda están penetrando, aún tímidamente, en las aulas, apuntando hacia nuevos proyectos en los que el alumno es el verdadero protagonista y el profe el facilitador.
Este es un ejemplo innovador aunque contagiado del espíritu de competencia que impregna nuestras empresas, habrá que trabajar duro para que se sustituya por la colaboración con la que todos ganan. Hay que dejar atrás el pensamiento de que para que uno gane otro ha de perder, afortunadamente cada vez cobran más fuerza las estrategias y el consenso hacia posiciones más estables y duraderas en las que todos ganan.
viernes 2 de septiembre de 2011
La trampa de la educación de calidad
Javier Martínez Aldanondo,
Gerente de Gestión del Conocimiento de Catenaria
jmartinez@catenaria.cl
El 31 de julio, el diario El País publicó un artículo firmado por el último premio nobel de literatura, Mario Vargas Llosa, titulado Más información, menos conocimiento. No comparto algunas de sus afirmaciones (creo que el cerebro humano está diseñado para tareas más elevadas que acumular información) pero el artículo, sin proponérselo, refleja el estado de la educación en la inmensa mayoría de países: el sistema educativo dedica casi todos sus esfuerzos a entregar a los alumnos información del pasado con el objetivo de que “sepan muchas cosas” en lugar de preocuparse por garantizarles la adquisición de conocimiento que necesitarán en el futuro o, es decir, que sean capaces de “hacer muchas cosas”. Y claro, confundir información (que es la experiencia ajena) con conocimiento (que es la experiencia propia) es un error gravísimo. Desde hace varios años, algunas de las principales universidades de EEUU como el MIT, Stanford o Yale ofrecen acceso gratuito a través de la web a la mayoría de los cursos que imparten. ¿Acción caritativa? Lo que están regalando no tiene un gran valor, es solo información. Es obvio que lo que se pretende enseñar en esos cursos sólo se puede aprender haciéndolo y no viéndolo como un simple espectador.
Chile se encuentra en estado de ebullición social al igual que ocurre con España. Lo que ha originado tanta convulsión es el conflicto desatado por el movimiento estudiantil ante la lastimosa situación de la educación. Las protestas han provocado ya el cambio del ministro de educación y tienen al gobierno y a la opinión pública atónitos sin saber cómo actuar. De forma resumida, son dos las grandes reivindicaciones de los estudiantes:
La primera es que la educación es cara (inequidad) y la segunda es que además, es mala (calidad). Sobre el primer aspecto, todo el mundo parece tener algo que decir, lo que conduce a que se sucedan las propuestas y contrapropuestas por parte del gobierno, estudiantes, oposición, partidos políticos y como no, opinólogos de turno, sobre temas como el lucro, la gratuidad, el financiamiento o la municipalización. Sin embargo, nadie se pronuncia sobre la calidad. Son multitud los que categóricamente, y con gran ligereza, no dudan en tildar la educación como mala pero acto seguido son incapaces de justificar su juicio. En 3 meses, no he leído un sólo argumento de por qué la educación es mala y, menos aún, qué hay que hacer para mejorarla. La razón es bien simple, quienes participan de esta discusión no tienen idea de cómo abordar el presunto problema de calidad porque en primer lugar, no saben cómo aprenden las personas. Hasta el momento, el único acuerdo consiste en reformar la constitución para incluir el derecho a una educación de calidad, como si ese formalismo fuese a cambiar milagrosamente algo. Si las peticiones de los estudiantes prosperan, en un tiempo más tendremos educación barata (o gratuita) pero igualmente mala. No parece un gran avance.
1. La educación es cara. Determinar por qué la educación es cara resulta sencillo ya que existen abundantes datos objetivos que lo confirman. Chile es el país de la OCDE con mayor desigualdad en la distribución de la riqueza. El 15% de la población acumula un 51% de los ingresos y el 10% de los hogares más ricos posee un ingreso per capita 78 veces superior al del 10% más pobre. El sueldo promedio mensual de un hogar en Chile ronda los 1.300 dólares, mientras el coste mensual promedio de estudiar una carrera universitaria ronda los 500 dólares. Esta aterradora realidad confirma que para poder estudiar en la universidad, un gran porcentaje de chilenos debe endeudarse solicitando un crédito bancario y permanece prisionero de esta obligación hasta 15 años después de graduarse. Estudiar una carrera en Chile es 19 veces más caro que en Francia y 4 veces más caro que en España. Datos verdaderamente escalofriantes para un país con declaradas aspiraciones a incorporarse en las próximas décadas al grupo de las naciones desarrolladas. Resulta entre vergonzoso e inexplicable que la educación sea considerada, ya desde el gobierno de Pinochet, como un bien de consumo (o más bien, un artículo de lujo que propicia un negocio muy rentable mientras condena a millones de ciudadanos a vivir al límite para llegar a final de mes) en lugar de ser considerado un bien de primera necesidad que el estado provee a sus ciudadanos precisamente para impulsar su progreso y contar con el mejor capital humano posible para acometer ese ansiado salto al primer mundo. Un par de ejemplos que muestran como la educación en Chile propicia el clasismo y la segregación social:
a. Los colegios privados realizan un exigente proceso de selección de alumnos mediante exámenes de ingreso a niños de 5 años (y también a sus padres), evitando que ingresen aquellas familias que pueden poner en riesgo el promedio de notas del colegio (ya que el precio que cobra se define en un “mercado” determinado por las notas que estos son capaces de garantizar a sus alumnos como paso previo a escoger universidad). Jamás en EEUU, Inglaterra o España observé un proceso de selección de esta naturaleza para estudiar en ningún colegio pero en Chile nadie se escandaliza. Tampoco cuando los medios de comunicación publican en sus portadas la lista de los alumnos con las mejores notas (que son recibidos por el presidente) y menos aún los rankings de los mejores colegios en función de las notas de sus estudiantes como “oportunamente” ocurrió la semana pasada demostrando una vez más su absoluta ignorancia sobre lo que significa la educación
b. En Chile, cuando alguien entrega su curriculum, resalta y exhibe el nombre del colegio en qué estudió. ¿Por qué a alguien debiese importarle en qué colegio o incluso en qué universidad estudiaste? En Chile es sinónimo de status, de pertenencia a una determinada casta. Por último, admiren esta perla contenida en la editorial de uno de los principales diarios: “tiene valor para la sociedad que el acceso a la educación superior sea visto como algo que requiere esfuerzo y supone sacrificios, una noción que se contrapone a la exigencia de gratuidad manifestada por algunos sectores”. Error imperdonable pero además dañino. El sacrificio no puede estar en el acceso sino en la salida. El objetivo no puede ser impedir la entrada (perpetuando la segregación) porque con la misma lógica, podemos dificultar también que los vagabundos, minusválidos o mayores de 65 años puedan votar. Al contrario, se trata de que estudie el que quiera. El objetivo es ponerlo difícil para “egresar” de forma que te tengas que esforzar para demostrar que aprendiste y poder salir al mercado en condiciones de ser útil a la sociedad, algo que hoy está lejos de ocurrir.
Nunca se podrá agradecer lo suficiente a los jóvenes que se hayan atrevido a denunciar esta situación aberrante, indigna de un país moderno y lo más grave de todo, dejando en evidencia a una desprestigiada clase política que, con independencia del partido al que pertenezcan, durante 30 años ha sido incapaz de modificar una situación inmoral. Han tenido que ser unos estudiantes impetuosos, que ni siquiera cuentan con experiencia laboral ni título alguno, quienes provoquen este cambio. Pero ¡ojo!, resolver el problema de la equidad es necesario y urgente pero en absoluto suficiente porque el asunto de la calidad no se resuelve fuera del aula y nadie está aportando una sola propuesta para mejorarla. Te pueden invitar a comer a un restaurant y luego regalarte la entrada al cine pero mientras la comida sea una bazofia y la película sea aburrida, es dinero y tiempo perdido. Personalmente, prefiero un buen producto aunque cueste algo de dinero frente a un mal producto aunque sea regalado.
2. La educación es mala (que sin duda lo es). He preguntado a varios expertos relacionados con la educación (en el ministerio, la universidad y otras organizaciones) cuáles son los criterios para determinar la calidad de la educación. Nadie parece poder argumentar objetivamente cómo establecer cuando una universidad entrega educación de calidad y otra no, quedando todo sujeto a opiniones y percepciones. ¿Tendrá que ver con la cantidad de profesores con doctorado que tiene la institución? ¿Con el ratio de alumnos por profesor? ¿Con las instalaciones con que cuenta, como metros cuadrados de biblioteca o laboratorio o computadores por alumno? ¿Con el número de papers que publican sus académicos o las patentes que registran? ¿Guardan esos elementos alguna relación con el conocimiento que supuestamente adquieren sus alumnos? La única respuesta que he obtenido sostiene que la educación es mala porque cuando se analizan los estándares internacionales como la evaluación PISA, Chile aparece muy retrasado en los rankings, concretamente en la posición 44 de 65 países. Se puede deducir por lo tanto que para tener una educación de calidad, un camino evidente debiese ser hacer todo tipo de esfuerzos por escalar posiciones en esos rankings. ¿Y de qué podrá depender ese bajo rendimiento que exhiben los estudiantes chilenos? Generalmente se ofrecen 2 respuestas para justificarlo:
• Los alumnos no estudian lo suficiente o lo que es lo mismo, si los alumnos tienen un mejor desempeño en futuros tests, las notas mejorarán, Chile remontará posiciones y podremos concluir que estaremos mejorando la calidad de la educación. No son pocos quienes respaldan esta opinión criticando el compromiso de los alumnos cuando no tildándolos directamente de vagos. Vean esta otra perla “No nos engañemos, nuestros jóvenes la quieren gratis y también fácil, ya que distan de ser ejemplo de sacrificio y dedicación a los estudios. Como sea la enseñanza, siempre se puede sacar más provecho de ella estudiando más” ¿Por qué será que para los jóvenes, estudiar no se encuentra entre sus prioridades? ¿Acaso éramos nosotros diferentes décadas atrás? ¿Es posible apasionarse con lo que propone el sistema educativo? Desde siempre, un alumno asiste a un aula porque debe (necesita un título) no porque quiera.
• Los profesores no conocen bien sus materias y no están en el nivel deseable. La solución entonces es clara, presionar por todos los medios para que tengamos profesores que dominen sus materias. Antes de recorrer este otro camino, hace falta es tener claridad sobre qué entendemos por un buen profesor. El mejor profesor no es el que más sabe (y más postgrados acumula) sino el que mejor logra que sus alumnos aprendan y sobre todo, se apasionen por aprender. Universidades y colegios están repletos de profesores que saben mucho de sus especialidades pero no tienen la menor idea de cómo lograr que sus alumnos aprendan (de otro modo, no enseñarían de la manera que lo hacen). Esto ocurre porque durante su proceso de aprendizaje, todo el énfasis estuvo puesto en que “supiesen mucho de su ámbito” pero nadie se preocupó nunca de enseñarles cómo se aprende. Nadie en su sano juicio podría oponerse a tener mejores profesores pero, en el contexto de un modelo que les obliga a enseñar cosas inútiles, a hacerlo de manera ineficiente y a obsesionarse con que a sus alumnos les vaya bien en los exámenes, es igual que obstinarse con que sean cada día mejores “barriendo un camino de tierra”. No tiene ningún sentido.
No son pocos quienes, con añoranza, creen que tenemos peor educación que hace 40 años, peor materia prima (jóvenes menos capacitados, poco esforzados) y desde luego, peores profesores.
¿Crees que tuviste acceso a una mejor educación que tus padres y estos a su vez que los suyos? Pues entonces, estate seguro que tus hijos disfrutan hoy de una mejor educación que la que tuviste y sus profesores están mucho mejor preparados que los que tuyos. No hay duda alguna de que, aun con problemas muy profundos, tenemos la mejor educación de la historia. Nunca hemos tenido jóvenes con más talento. Indiscutiblemente hay profesores buenos, regulares y malos (igual que pasa con los abogados, médicos, ingenieros o periodistas) pero también es justo reconocer que no cuentan con ninguna facilidad para ejercer adecuadamente su profesión.
¿Se imaginan que para determinar la calidad de los restaurants de una ciudad, el criterio fuese hacer un test a los cocineros para verificar cuanto saben sobre recetas, alimentos y platos? Sería ridículo. ¿Alguien cree seriamente que es posible medir la educación con números? ¿Qué la calidad la determinan los resultados de tests, notas y rankings? En ese caso, la primera conclusión es que la inmensa mayoría de los adultos no fuimos educados como confirma esta mini encuesta de hace unos meses para indagar cuanto reconocemos que aprendimos en la universidad. Por suerte, no existe correlación alguna entre estudiar muchas cosas o sacar buenas notas con estar preparado para enfrentar exitosamente la vida. Los tests solo miden la capacidad de memorizar y son por tanto irrelevantes (a ningún país se le ocurriría entregar el carnet de conducir por el hecho de superar únicamente el examen teórico). Si los números no son un buen criterio para evaluar la calidad de la educación, entonces, ¿cómo se determina? Lo primero es consensuar algunos puntos:
¿Qué es educación? Son todas las experiencias que aprendes a lo largo de tu vida y que eres capaz de recordar ya que si, cuando lo necesitas, no lo recuerdas, simplemente no fuiste educado sino informado. El aprendizaje es experiencia, todo lo demás es información
¿Por qué educamos a los jóvenes? Al contrario que el resto de animales, los seres humanos necesitan varios años de acompañamiento antes de valerse por sí mismos. En tiempos antiguos, el hombre resolvió ese dilema copiando el proceso natural (con el modelo del aprendiz y un rol destacado por parte de ancianos de la tribu) pero al incrementarse las exigencias, se inventó la educación formal (colegio y universidad), un concepto artificial y antinatural basado en una serie de pilares que han resistido incólumes el paso del tiempo y siguen plenamente vigentes: Títulos, asignaturas, horarios, aulas, profesores, cursos, exámenes, notas, etc.
¿Qué objetivo tiene la educación? Preparar a los jóvenes para la vida que les espera y no estudiar y acumular información desligada de la realidad. ¿En qué se parece la vida a lo que sucede en un aula?
¿Qué promesa hace entonces la educación? Garantizar a todo alumno que cuando finalice el proceso, contará con un conjunto de herramientas que le permitirá desenvolverse de forma autónoma y con criterio propio en el mundo que le rodea.
¿Cumple la educación con la promesa que hace? Depende de lo que consideremos que es importante saber para desenvolverse adecuadamente en la vida y cómo la educación te prepara para ello. Sorprende que no exista ni siquiera debate al respecto. Pero cuando se consulta al ciudadano común, los resultados son coincidentes y demoledores. Nadie menciona trigonometría, química o historia sino que unánimemente aparecen habilidades esenciales como razonar, comunicarse, trabajar colaborativamente, reflexionar, manejarse a sí mismo, creatividad, o emprendimiento. Debiese horrorizarnos que los curriculums escolares o universitarios no recojan nada de lo que consideramos prioritario para vivir y trabajar. Todo parecido entre las asignaturas que estudiamos y lo que te espera en tu vida adulta es pura coincidencia. Todo empleador sabe que tendrá que invertir entre 1 y 2 años en re-educar a cualquier licenciado recién contratado antes de que comience a ser productivo porque nunca aprendió cosas útiles que justifiquen su sueldo. La promesa, por tanto, se incumple groseramente y sin consecuencias aparentes. Seguimos enseñando obstinadamente lo mismo sabiendo que además de no aplicarlo jamás, lo olvidamos. Los escolares finalizan los 12 años de escolaridad con su capacidad de aprender atrofiada mientras que la universidad en lugar de prepararte para trabajar, te educa para ser académico, algo que los propios estudiantes denuncian cuando se dan cuenta de las enormes dificultades que tienen para encontrar trabajo ya que es muy poco lo que son capaces de aportar a una empresa.
¿Cuál es la mejor manera de aprender? No es ninguna sorpresa que aprendemos de la experiencia aunque las aulas nunca fueron diseñadas para experimentar. Es indiscutible que si la mejor manera de aprender es haciendo, entonces todo el proceso de aprendizaje de niños, jóvenes y adultos debe ser practicando y no escuchando o leyendo. Para ello necesitamos una reforma profunda del curriculum y de las metodologías de aprendizaje.
¿Quién puede juzgar la calidad de la educación? No existe institución educativa alguna en el mundo que no considere que ofrece educación de calidad. La educación es el único ámbito donde quien evalúa la calidad del servicio no es quien lo recibe sino el mismo que lo entrega, lo que resulta poco creíble y sobre todo, poco serio. Para evaluar la calidad de la educación, hay que comprobar cuan bien cumple con los objetivos que promete, lo que implica verificar que los alumnos saben hacer cosas útiles cuando terminan y eso no lo pueden hacer quienes la imparten sino quienes la reciben: los estudiantes que siguieron el proceso, sus padres que lo financiaron y las empresas que los emplean.
¿Qué se le puede pedir a la educación? Que te coloque en “modo aprender” para toda la vida y te ayude a encontrar tu causa, tu vocación, que te ofrezca oportunidades para desarrollar tus talentos hasta que encuentres lo que te pueda interesar o entusiasmar. Para ello, debe ser una experiencia permanente, un continuo bombardeo de estímulos, desafíos y situaciones variadas para que compruebes en qué destacas, que cosas no van contigo y logres encontrar tu pasión. “Un futbolista solo rinde al máximo cuando se divierte” Johan Cruyff. La educación no puede seguir siendo un montón de asignaturas desconectadas entre si y sin relación con lo que te espera en el futuro.
La incapacidad de los distintos actores para ofrecer propuestas que mejoren la calidad de la educación es lógica. Están convencidos de que el proceso es correcto y lo que fallan son los resultados ya que no han conocido otro modelo que el que tenemos, que insiste machaconamente en que hay que estudiar (aunque sean cosas absurdas que nunca recordarás ni usarás) y sacar buenas notas. La educación responde a una concepción pueril del mundo que considera que todos somos iguales, viviremos vidas idénticas y por eso debemos aprender lo mismo y de la misma manera. Vivimos en la era de la innovación pero ni siquiera ha existido la oportunidad de plantear un modelo distinto, de darle una oportunidad y analizar qué resultados obtiene. Si de verdad nos preocupa la calidad de la educación, hay que meterse dentro del aula porque el resto son sólo detalles secundarios. No influirá que haya lucro o no, que sea gratuita, que haya una superintendencia que fiscalice o que haya mejores profesores. Mientras sigamos enseñando lo que enseñamos y de la forma que lo enseñamos, seguiremos persiguiendo molinos de viento. La educación seguirá insistiendo en entregar información en lugar de conocimiento.
Hoy muchos padres chilenos están preocupados ante la posibilidad de que sus hijos pierdan el año académico. ¿Tienen importancia las asignaturas perdidas este año para la vida futura de sus hijos? Ninguna. Al contrario, debiesen concentrarse en aprovechar lo que pueden aprender mientras tienen que organizarse durante las movilizaciones y tomas, al estudiar los planteamientos del gobierno, rebatirlos y presentar sus propias propuestas, discutir sobre los episodios de violencia, etc. Lo que debería estar en juego es si seguimos educando a nuestros hijos para que memoricen y repitan las cosas que les obligamos o los educamos para que tengan un pensamiento libre. Lo que está pasando en el mundo es una señal evidente de que el sistema actual, donde todo se convierte en mercancía comprable, vendible y medible en dinero y donde educamos para competir y ganar al precio que sea, está agotado. Como sabiamente me repetían mis padres, “no es más feliz quien más tiene, sino quien menos necesita”. La educación consiste en abrir los ojos y nuestros jóvenes, a quienes no podemos pedir que solucionen el problema de la calidad porque no tienen conocimientos para ello, nos han dado una importante lección.
jueves 14 de julio de 2011
Redes 102: La manera disruptiva de aprender | Redes on blip.tv
Redes 102: La manera disruptiva de aprender | Redes on blip.tv
Curtis Johnson, consultor educativo, le explica a Punset que la educación está viviendo un proceso de innovación disruptiva que, con apoyo de las plataformas digitales, revolucionará la manera de aprender en las aulas.

