EL ÚLTIMO SUSPIRO

 


Mamá se acostó al lado de papá, sin dejarme relevarla para que descansara. Extendí el saco de dormir en el sofá y apagué la única luz encendida. Un pesado silencio se instaló, interrumpido solo por la respiración gorgojeante de papá, que llenaba la casa… y nuestras almas.

¿Cómo dormir con el ánimo encogido por el sufrimiento común? Por mucho que uno se repita que no se puede hacer más, que hay que descansar, que la vida sigue… no hay consuelo. Solo queda dejar que el tiempo fluya como oleaje estrellándose contra la playa de nuestra inquietud.

De repente, un cambio: la respiración se agita, lucha. Mamá se levanta de golpe:

—¡Papaíto! ¿Qué te pasa?

—Mamá, cálmate… no pasa nada.

Ella se echa sobre la cama, angustiada. Todo ocurre en segundos: tres estertores, un suspiro… y se acabó.

—¿Cómo está papá?

Lo miro. Sé que ha pasado a otra dimensión, pero algo en mí se resiste. Le pongo la mano en el pecho y la frente.

—Papá descansa.

Ella lo acaricia, lo observa, sin atreverse a aceptar lo evidente.

—Ya está, mamá.

—¿Ya está qué?

—Que papá descansa. Ya está tranquilo.

—Llama al 061. ¡Corre!

—Voy.

Mamá está en shock. Lo mira, le habla, lo niega. Pero su rostro empieza a comprender. El cuerpo de papá también.

—Mamá… papá descansa en paz. Ya ha sufrido bastante. Despídete. Abrázalo mientras aún está calentito.

—¿Qué dices? ¡No puede ser! ¡Ay, Dios mío! ¡Ay, Madre mía!

El timbre suena. Llega el médico. Lo ausculta, lo observa, repite pruebas. No hay respuesta.

—Lo siento. No hay nada que hacer.

—¿Cómo dice? ¿Está seguro? —pregunta mamá, desesperada.

—Le haré un electrocardiograma para confirmarlo.

Estamos a los lados de la cama. Mamá, al fondo, busca en nuestras caras una chispa de esperanza. Pero esta vez es distinto. No habrá regreso.

—Señora, su marido ha fallecido.

Ella me mira. Llora, grita, se lamenta. La tormenta ha estallado.

—Ven aquí, pequeñín… abrázame.

Me siento en su regazo. Lloramos juntos: ella por su esposo, yo por mi padre. Dos almas unidas por el amor y el dolor.

—Qué solos nos hemos quedado… Papá se ha ido. Pero puede irse tranquilo. Le dimos todo, incluso lo imposible…

Nada más importaba. Éramos solo ella y yo, dos almas desconsoladas, arropándonos en mitad de la noche, buscando consuelo en el calor de nuestro cariño.

Marín Hontoria

 

Comentarios

NAELE ha dicho que…
Tierno, dulce, realista y por ello desgarrador.