EL NIÑO DE LOS SILENCIOS

 Había un niño que nació sin aplausos, como un suspiro inesperado, como un sueño distinto que se abre paso en la vida.

Su madre lo había soñado niña, su padre lo había pensado reflejo de su hermano mayor. Pero él era otra cosa: un segundo hijo, callado, sumiso, un pequeño sol que nunca quiso eclipsar a nadie.

En casa, el protagonismo parecía siempre reservado para su hermano, y él aprendió pronto a callar y a ceder. No por miedo, sino por un extraño anhelo de paz. Así se hizo bueno, discreto, silencioso. Y en esos silencios encontró su manera de amar.

En los rincones del día hallaba refugios secretos: la madrina que le compraba pasteles de nata, los tebeos que olían a aventura, el cine oscuro donde podía soñar sin ser mirado, la leche fresca que sabía a ternura compartida. En esos instantes, el niño descubría que el amor no siempre se grita: a veces se susurra en lo pequeño.

La vida le arrebató pronto la certeza de un hogar. El padre enfermo, la madre ausente, el orfanato junto al mar. Allí conoció la soledad con su rostro más frío: noches interrumpidas por un bastón que golpeaba el suelo, humillaciones disfrazadas de disciplina, lágrimas que nadie secaba. Y, sin embargo, incluso allí, el niño halló motivos para resistir: el olor salado del mar, la visita breve de su madre, los juegos con otros niños perdidos, un trozo de pan con azúcar que sabía a victoria.

Con los años, entendió que el amor no siempre se reparte con justicia, que las caricias a veces tardan en llegar. Pero también comprendió que, a pesar de las diferencias, sus padres siempre lo amaron, y que él, desde su silencio, los amó también.

El amor puede ser desigual, torpe o silencioso… pero si es verdadero, basta para sostener toda una vida.

La vida no siempre da el mismo calor a todos los hijos, pero quien sobrevive al frío aprende a encender su propia llama sin dejar nunca de amar.

 


 

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