Él y ella se amaron, pero el amor se fue gastando como hojas arrastradas por el viento. Lo que un día fue ternura se transformó en dependencia, y la dependencia en reproche. Cuando llegó la separación, ninguno quiso mirarse en el espejo de sus responsabilidades. Se culparon mutuamente, y en ese duelo de sombras los hijos quedaron atrapados, obligados a elegir un bando que nunca debió existir.
Él, siguiendo la
estela de su propio padre, se refugió en el trabajo, construyendo futuro a
costa de ausencias. Ella, marcada por la falta de cuidados en su niñez, llevaba
un vacío difícil de llenar, que la hacía tropezar con el amor como si siempre
se le escapara de las manos.
La hija, con el
corazón dividido, eligió proteger a su madre, como si pudiera sostener con su
lealtad la herida de un matrimonio roto. Se convirtió en guardiana: guardiana
de un dolor que no era suyo, guardiana de un muro levantado contra su padre,
guardiana de la promesa silenciosa de estar siempre del lado de su madre.
Con el tiempo, la
madre se cerró en sí misma, aislada en un refugio que terminó por ser cárcel.
Desde allí, acusaba a todos, incluso a su propia hija, de su soledad. El padre,
en cambio, pasado un tiempo, encontró compañía: una mujer paciente y respetuosa
que lo acompañó durante largos años y con la que finalmente unió su vida en
matrimonio.
Pero la hija
nunca permitió que cruzara la frontera. Para ella no era persona, sino símbolo:
el recuerdo de la fractura, la encarnación de lo que creía una traición. Así
pasaron los años: el padre con su nueva vida, la madre encerrada en su dolor, y
la hija en medio, sosteniendo un muro que pesaba sobre su pecho como losa que
ella misma había levantado.
A veces, en
sueños, escuchaba voces ancestrales, como susurros que viajaban en el viento:
—Ese dolor no es
tuyo. Devuelve a tus padres lo que les pertenece. Toma la vida tal cual te fue
dada, abre los brazos y camina libre.
La hija
despertaba con lágrimas y un nudo en la garganta. Miraba a sus hijos dormidos y
comprendía que ellos, sin saberlo, respiraban también aquel aire denso,
herederos de la barrera invisible que los alejaba de sus orígenes.
Entonces
comprendió: no se trataba de elegir entre madre y padre, ni de aceptar o
rechazar a quien acompañaba a su padre. Se trataba de algo más profundo:
atravesar la puerta, soltar la carga que ella misma había tejido, liberar a sus
hijos de las cadenas. Empezó a ver que soltar no era traicionar, sino honrar lo
vivido.
Y en esa grieta,
entre sombra y luz, descubrió que los muros podían transformarse en puentes, si
algún día encontraba el valor de dejar que su corazón se abriera al viento del
presente, llevando consigo la promesa de un nuevo comienzo, un cielo abierto para
quienes vienen detrás.

Comentarios
Me ha encantado tu articulo. Precioso.
Un fuerte abrazo y sigue escribiendo estás cosas tan bonitas 😘🩷
Que buen escrito, saludosss