El patio del colegio olía
a polvo seco y a meriendas a medio comer.
Los gritos me sorprendieron por la espalda como un golpe a trición.:
—¡Tu madre es una puta!
¡Trabaja en un club!
La carcajada de los niños
me envolvió como un enjambre de abejas. Sus risas caían como piedras en aquel patio. Yo
no entendía bien aquella palabra, pero el veneno ya corría por mis venas.
Caminé despacio, con la garganta cerrada y las manos apretadas hasta hacerme
daño, sangrando por dentro.
Esa noche, la cocina olía
a sopa de fideos. Mi madre revolvía la olla en silencio y yo, sentado en una
silla demasiado grande para mí, jugueteaba con un muñeco. El reloj de pared
marcaba cada segundo con un tic-tac que me parecía interminable. Sonaba con la
lentitud de la gota de agua que se escapaba del grifo para estrellarse contra la
pica.
—Mamá… —dije al fin, casi
en un susurro—. ¿Qué es un club?
El cucharón quedó
suspendido en el aire. El vapor le empañó las gafas. Noté cómo tragaba saliva
antes de contestar.
—Un negocio, supongo…
¿Por qué me lo preguntas?
—No es como tu cafetería,
¿a qué no?
Sus ojos se llenaron de
una sombra que le hizo bajar la mirada, pero enseguida se repuso y una sonrisa
le brotó como un refugio improvisado.
—Por supuesto que no.
El silencio pesó como un
abrigo mojado. Entonces, con un gesto repentino, me acarició la mejilla y me
dijo:
—¿Quieres venir un día a
verla?
El “¡sí!” me salió como
un salto de alegría. No fue un sonido: fue un relámpago que iluminó la habitación entera en un segundo..
El día llegó con un cielo
limpio, casi de verano. Mamá me vistió con mi traje de los domingos, azul con camisa
blanca, y me peinó con más cuidado que nunca. Olía a colonia barata y a pan
recién hecho del horno de la esquina.
Se levantó el telón.
Me sentaron en una mesa
pequeña, cubierta con un mantel de cuadros. Una mujer sonriente me sirvió un
Cola-Cao espeso, cuya espuma olía a cacao puro y me acarició el alma. Una mujer
me dijo que estaba muy guapo, otro hombre me alborotó el pelo con dulzura. Yo los
miraba con timidez, pero sus gestos eran tan suaves, amables y cariñosos, que
me hacían sentir seguro.
Mamá tomó un café con
leche descafeinado. La taza humeaba entre sus manos, y yo no dejaba de mirarle
la melena oscura, brillante bajo la luz que entraba a raudales por los
ventanales. Era como si todo el lugar se hubiera construido para ella, para
sostener su dignidad, para enseñarme que todavía había belleza.
Ese día, con mis siete
años, creí que la cafetería era real. Y que mi madre, con su sonrisa luminosa,
era capaz de lo imposible: convertir la oscuridad en claridad, la vergüenza en
dignidad y el dolor en ternura.
Pasaron los años. A los
diecisiete, en una tarde gris de Vigo, ella me contó la verdad. Que sí, que era
un club. Que no tuvo otra opción. Que la familia le dio la espalda, que las
deudas se comían la casa, que el hambre nos empujaba.
Me dolió escucharla en lo más hondo. Me
atravesó como un viento helado y cortante. Pero al mismo tiempo, algo dentro de mí recordó
aquel día de mayo: la luz entrando como un río cristalino, el olor a rosas, el
sabor del Cola-Cao, la melena oscura de mi madre brillando como un faro.
Y entonces lo entendí. No me había mentido para engañarme: me había regalado un mundo posible, un rincón de dignidad donde no entraba la vergüenza. Y recordé aquellos versos, de Ramón de Campoamor, que hoy comprendo mejor que nunca:
“Y es que en el mundo
traidor
nada hay verdad ni mentira:
todo es según el color
del cristal con que se mira.”
Aún hoy, cuando cierro
los ojos, vuelvo allí.
La cafetería resplandece, mamá sonríe y yo, niño otra vez, acaricio su pelo.
La tarde nos envuelve como un abrazo.
El silencio se abre, se rompe y el
mundo respira conmigo:
—Mamá… la vida es bella,
¿verdad?
Ella me mira, sonríe, y
el mundo entero se detiene para decir que sí.
Porque comprendí que la
belleza no era un regalo del destino, ni ausencia de dolor, sino un acto de
valentía: vestir de dignidad lo que dolía.
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