Isidro
solía mirar el cielo con la misma pregunta que ha acompañado al ser humano
desde siempre: ¿de dónde surge todo lo que existe?
Pensaba
que de la nada no puede salir nada. Y que, si algo hay, debe provenir de algo
que siempre fue. No un dios con rostro o nombre, sino una fuerza invisible,
viva, inteligente, que se manifiesta en cada átomo y en cada respiración.
Con
el tiempo comenzó a llamarla Energía Primigenia, aunque a veces prefería
decir simplemente la Consciencia. No podía verla ni definirla, pero
intuía su presencia en el orden natural que sostiene el caos, en el pulso que
mueve al mar, en el brote que rompe la tierra sin saber por qué crece.
En
ese orden natural —en sus leyes no escritas— cada acción tiene una reacción,
cada acto sus consecuencias. Esa Energía o Consciencia da vida y cuerpo a todo
lo existente. Es su manifestación. No puede haber nada fuera de ella, porque
ella es el Todo.
Desde
este punto de vista, la idea de un dios que premia y castiga, que controla cada
cosa, se disuelve. Si todo es su manifestación, si ella es Todo, ¿qué sentido
tendría que se autopremie o se autocastigue? ¿Qué podría controlar que no sea
ya su propia voluntad manifestándose? Sería como si el océano juzgara a una de
sus olas por romper antes que las demás.
Desde
esa comprensión, la fe ya no era para él una espera ni una súplica.
Era una forma de confianza silenciosa, una certeza que no pedía, sino que
reconocía. Una fe que no se dirigía hacia afuera, sino hacia dentro, hacia esa
chispa común que lo unía a todo lo vivo.
A
veces pensaba en María, aquella mujer que había perdido su fe en los templos y
la había encontrado de nuevo frente a las estrellas. Su despertar le recordaba
que toda crisis de fe no es un final, sino el comienzo de una fe más grande: la
que no necesita imágenes, ni promesas, ni intermediarios; la que aprendió a
confiar en esa energía silenciosa que la habita, esa Consciencia que está más
allá de la mente y que, al reconocerla, la empodera y la libera.
Desde
entonces, sus oraciones ya no piden: agradecen. Ya no buscan un milagro fuera,
sino el latido de la vida dentro. Esa fe —la del alma consciente— no espera
milagros: los crea en la vida diaria, con sus actos. No teme a la oscuridad,
porque sabe que la luz que busca siempre estuvo dentro.
Cuando
Isidro reza, deja de ser el protagonista, se olvida si mismo para conectar con
esa Energía que lo supera, consciente de que no todo depende de su voluntad,
confiando en que le ayude para aceptar la realidad tal cual es.
Y
así, cuando alguien le preguntaba si creía en Dios, Isidro respondía con
serenidad: —Creo en la Vida que lo abarca todo. Llámala como quieras: Energía,
Consciencia, Amor. Es lo mismo. Solo cambia el nombre.
Luego
guardaba silencio, observando cómo el sol se ponía detrás del monte. Sentía la belleza inefable de la naturaleza, una esencia profunda, sagrada. Y añadía en voz baja: —Esa es mi oración.

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