Tema: el mal como olvido, la luz como despertar.
Aquella
tarde, Isidro permaneció largo rato frente a la ventana. El sol se hundía despacio detrás de los montes, tiñendo el horizonte de un rojo
que parecía arder. Había leído las noticias: una nueva guerra, miles de
desplazados, niños sin nombre, inocentes bajo los escombros. El mundo, pensó, seguía ardiendo.
Se
preguntó —como tantas veces— de dónde nacía tanto sufrimiento. Durante años había escuchado respuestas: castigo divino, pruebas, karma, destino.
Pero ninguna bastaba. Había visto morir a personas buenas y prosperar a quienes
sembraban el dolor. No, el mal no podía ser voluntad de ningún dios.
Con
el tiempo comprendió que el mal no era una fuerza que se oponía al bien, sino
el reflejo de algo más profundo: la inconsciencia del ser humano. El mal, pensaba, es fruto del olvido. Olvido de lo que somos, de nuestra unidad
con todo lo vivo.
El
ser humano, al identificarse con su ego —con la ilusión de separación—, deja de
percibir que forma parte de un Todo vivo y consciente. Desde esa desconexión
nacen el miedo, la codicia, la violencia, el deseo de poder. De ahí surgen las
guerras, el hambre y la destrucción.
Isidro
solía decir que el mal no es una entidad, sino una carencia: la ausencia de luz
interior, del reconocimiento de la Unidad. Del mismo modo que la oscuridad no
tiene sustancia propia —sino que es la falta de luz—, el mal aparece donde la
conciencia aún no alcanza a iluminar. Lo terrible es que, muchas veces, la
oscuridad no se reconoce: se disfraza de virtud, de bandera, de fe. Entonces se
vuelve más peligrosa.
No
lo justificaba —jamás lo haría—, pero trataba de comprender sus raíces para
poder transformarlo desde dentro. Sabía que luchar contra el mal con más odio
solo lo alimenta. Por eso, cada vez que el dolor del mundo lo sobrepasaba, en
lugar de maldecir al cielo, guardaba silencio. Se decía que, al hacerlo, el
alma del mundo podía escuchar un poco mejor.
Para
Isidro, la única redención posible empieza en el interior de cada uno. —Cuando un ser humano despierta —decía—, disminuye el poder del mal en el
mundo, porque añade luz a la conciencia colectiva. El bien no se impone;
simplemente ilumina.
En
su cuaderno escribió: “El mal no se destruye con más mal, ni la sombra se
disuelve con violencia. Solo la luz del conocimiento, del amor consciente,
puede disiparlo.”
Y
mientras el último resplandor del día se apagaba, Isidro comprendió que el mal
no es un castigo, sino una oportunidad: la de recordar lo que habíamos
olvidado.
Porque cada acto de bondad, cada pensamiento compasivo, enciende una chispa que
aclara la oscuridad colectiva.
Miró
al cielo, donde la primera estrella titilaba sobre el pueblo dormido, y pensó
que quizás esa era la verdadera tarea del ser humano: no vencer al mal, sino
iluminarlo.
“El
mal se extinguirá —escribió por última vez esa noche—, no cuando el hombre
combata la sombra, sino cuando recuerde que también él puede ser luz.”

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