Ahora, sin
trabajo y sin nadie, pasaba los días encerrado en la vieja casa de su abuela,
en un pueblo donde nadie lo conocía. Su rabia se había convertido en silencio,
y el silencio en un vacío difícil de llenar.
Una tarde gris,
que amenazaba lluvia, salió a caminar. Llevaba un cesto de frutas que había
recogido de los árboles del huerto. Al cruzar el puente de madera que unía el
pueblo con los campos, el cesto se le resbaló. Las manzanas rodaron entre las
tablas y cayeron al agua. Mateo se quedó quieto, mirando cómo se alejaban río
abajo. No intentó recogerlas. Sintió que eran su vida: todo lo que había dejado
escapar por orgullo. No pudo evitar mirar sus manos vacías.
Entonces apareció
Luz. Caminaba despacio, encorvada, apoyada en un bastón. Su cuerpo mostraba el
peso de una enfermedad degenerativa, pero en su rostro había una serenidad que
desarmaba.
Sin decir
palabra, se agachó y recogió las pocas frutas que habían quedado en el suelo.
Las colocó de nuevo en el cesto y se lo tendió a Mateo.
—No todo lo que
se cae se pierde —dijo—. A veces basta con agacharse y volver a empezar.
Mateo no
respondió. Se sintió ridículo, torpe, avergonzado. Pero había algo en la voz de
aquella mujer que lo obligó a quedarse.
Luz lo tomó del
brazo con suavidad.
—Ven conmigo
—dijo—. Mi casa está cerca, y el fuego todavía sabe dar calor.
Mateo dudó, pero
sus pies, cansados de la soledad, siguieron a la muchacha agradecidos.
Caminaron juntos
hasta su casa. Allí, junto al fuego, Luz le sirvió una infusión. Le habló de su
vida: de cuando también fue fuerte y orgullosa, de la muerte de sus padres en
un accidente, de cómo la enfermedad le enseñó que no todo se puede controlar; que
el respeto y la humildad no son debilidad, sino sabiduría.
Mateo escuchó en
silencio. Al principio con desconfianza, luego con cierta vergüenza. En esas
palabras encontraba un espejo que no quería mirar, pero del que no podía
apartar la vista.
Durante los días
siguientes volvió a visitarla. Luz no lo sermoneaba: hablaba poco, y a veces
callaba. Le mostraba cómo cuidar el huerto, cómo suavizar la voz al discutir, como
dejar de querer convencer, de tener siempre razón, cómo esperar sin rabia, ni
rencor.
Poco a poco,
Mateo empezó a reconocerse. Entendió que su violencia no era fuerza, sino miedo
a no ser respetado. Que había confundido respeto con debilidad, y que su
orgullo lo había dejado solo.
Una tarde,
mientras reparaban una cerca bajo un cielo encapotado, Luz le dijo:
—Cuando uno aprende a pedir perdón sin justificar nada, empieza a sanar.
Mateo se quedó
quieto. Llovía. Dejó las herramientas y se mojó el rostro. No sabía si eran
gotas o lágrimas, pero sintió alivio.
En ese momento
comprendió que su batalla no era contra el mundo, sino contra sí mismo.
La lluvia caía
con fuerza, lavando la tierra, su ropa, su pasado.
Alzó la vista y respiró hondo. Por primera vez en mucho tiempo, no sintió
rabia, ni miedo, ni vacío. Solo calma y determinación.
Aquel día, Mateo
decidió volver a empezar. No como el hombre que empujaba y hería, sino como el
que escucha, pide perdón y repara.
La lluvia seguía
cayendo, pero ya no le importaba: cada gota era una bendición que le recordaba
que incluso lo que se derrumba puede reconstruirse.
Y en medio del
gris de la tarde, por un instante, le pareció que el cielo iluminaba su nuevo
comienzo. Entonces lo comprendió: el mundo estaba lleno de Luz… y él, al fin,
estaba listo para levantarse.

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