Cada noche,
cuando en la ciudad reinaba el silencio y las estrellas se dejaban ver en el
cielo, María encendía una vela y, con ella, una barrita de incienso.
El fuego danzaba con timidez y el humo se elevaba
lento y sinuoso, dejando un rastro dulce que llenaba la habitación.
Allí, frente a una pequeña imagen dorada, oraba con
devoción. Pedía salud, ayuda y protección.
Esperaba un milagro. A veces dudaba: el cielo
parecía no oírla, y el mundo seguía en guerra permanente; dentro de ella misma,
primero.
Aun así, seguía con su ritual. La costumbre se había
vuelto consuelo: su oración aquietaba la mente, aliviaba la ansiedad y le daba
forma al silencio. Era una forma de abrazarse a algo invisible, una rendición
que la hacía sentir a salvo; una tregua interior que la sostenía.
En el fondo, temía mirar el mundo sin esa fe que
mantenía viva la esperanza de alcanzar una vida mejor.
Un día, sin embargo, algo cambió.
El guía de su comunidad —ese hombre al que todos
trataban como encarnación de lo divino— fue acusado de engaño. Había usado las
donaciones de sus feligreses para sus propios fines, enriqueciéndose sin prestar ayuda a quien
más lo necesitaba. Además, mantenía relaciones íntimas con algunas fieles que
lo asistían en los oficios, aprovechándose de su posición.
María no quiso creerlo, pero las pruebas eran
claras, y el silencio de los demás la hirió más que la traición.
Automáticamente lo bajó del pedestal en el que lo había colocado, y una
tremenda crisis la dejó sin referentes.
Durante semanas no encendió su vela. Sintió que la
llama se extinguía y el incienso contaminaba. Las palabras de su oración le
pesaban como piedras.
¿En quién confiaba ciegamente? ¿A quién hablaba? ¿A Dios… o a sus propios
miedos?
Una noche, incapaz de dormir, se asomó al balcón. El
cielo estaba despejado, inmenso, salpicado de estrellas. Entonces, sin saber
por qué, le vino a la mente un sueño antiguo, lejano: un monte cubierto de nubes,
tronos vacíos y los dioses del Olimpo observando desde la distancia.
Zeus se lamentaba de la pérdida de su rayo, ahora
extinto: símbolo de la fuerza que una vez fue suya y que lo había abandonado en
silencio.
—Nos cambiaron por otros templos —murmuró.
Atenea lo corrigió con suavidad: —No nos cambiaron,
padre. Nos replicaron—.
María vio en su mente catedrales, iglesias,
sinagogas, alcazabas… Lugares distintos, pero con el mismo eco: voces humanas
pidiendo al cielo lo que solo podrían encontrar en su interior, lejos del
pasado y del futuro, en el ahora, lo único real fuera de la prisión mental de
la inconsciencia.
Recordó entonces un viejo himno de rebeldía,
escuchado en alguna marcha:
“Ni en dioses, reyes ni tribunos está el supremo salvador; nosotros mismos
realizamos el esfuerzo redentor.”
Por primera vez, entendió su sentido… y el de aquel
refrán: A Dios rogando y con el mazo dando.
Volvió adentro. Encendió su vela. Esta vez no pidió
nada. No prometió nada. Solo agradeció. Por la vida, por el aire, por su propia
conciencia despertando.
La llama tembló, reflejando su rostro en el espejo.
Y en ese reflejo, María creyó ver a Atenea sonreír.
Quizá los dioses seguían allí, pacientes, esperando
a que el ser humano recordara su lugar en el Olimpo.
Porque el rayo de Zeus no viene del cielo: habita en
el alma de quien se atreve a despertar.
María ya no creía en templos ni en pastores, pero sí
en algo sin nombre, una presencia silenciosa, inteligente, creadora, cambiante, como una luz antigua que respira
dentro de toda vida.
Nota del autor
Olimpo — La fe y el despertar explora el momento en
que la fe deja de ser refugio y se convierte en espejo.
María representa a todos aquellos que, tras una
crisis, descubren que los dioses a los que rezaban habitaban en su propia
conciencia.
El cuento no cuestiona la espiritualidad, sino su
dirección: del exterior hacia el interior, del templo al alma.
El “rayo de Zeus” simboliza esa energía latente que
aguarda en cada ser humano: la chispa de poder creador que puede transformar la
duda en claridad y la dependencia en libertad.
Es, en definitiva, un homenaje a quienes se atreven
a mirar al cielo… y terminan encontrando su Olimpo dentro.

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