Tema central: La incomodidad del diálogo sobre la fe y la religión en el entorno familiar o con amigos; la manipulación política y emocional de lo sagrado; y la serenidad interior de quien aprende que a veces callar es la forma más profunda de respeto.
Era una tarde tranquila y el grupo familiar de
WhatsApp bullía con mensajes, fotos y videos. Uno llamó la atención de todos:
varios ministros participando en una ceremonia ancestral en acción de gracias a
la Pachamama.
—¡Esto es una falta de respeto! —escribió un
familiar—. Se supone que el gobierno debe priorizar la fe en Cristo y no
asistir a rituales paganos. ¡Y encima lo publican!
Isidro leyó el mensaje y, por un instante, se
detuvo. No quería que la conversación se convirtiera en un choque de egos, pero
sentía que podía aportar algo de perspectiva. Escribió:
—La ignorancia suele ser muy osada. Considerar que
los rituales son demoníacos es desconocerlos. La gran mayoría de las creencias
tienen una amplia gama de rituales, y no todas son de naturaleza religiosa. Los
rituales pueden ser ceremonias de bodas o graduaciones, prácticas religiosas,
espirituales o seculares, y acciones con significado particular. Cada uno,
según sus creencias, interpreta; pero lo que vemos en este video tiene más
intención política que demoníaca.
El familiar replicó, con un tono que se mostraba más
conciliador:
—Pero eso prioriza otros cultos y limita la fe en
Cristo.
Isidro respiró hondo y continuó escribiendo:
—Los rituales, muchos de ellos se remontan al inicio de los tiempos, cumplen funciones universales: expresan creencias, fortalecen la identidad de grupo, conectan
con lo trascendente y dan significado a la vida. No es cuestión de demonio o
herejía, sino de perspectiva y cultura. Cada gesto, cada ceremonia, refleja el
sentido que le pone quien la realiza. Si sirve para agradecer a la tierra por
todo lo que nos da, no me parece cosa mala.
Hubo un momento de silencio virtual. Isidro percibió
que su comentario podía haber sido interpretado como un ataque personal. Así
que añadió con suavidad:
—Si alguien se sintió herido, me disculpo. No era mi
intención dañar a nadie. Solo compartía una reflexión sobre el video, no sobre
las personas que lo vieron ni sobre su fe.
Al cerrar el chat, respiró hondo. Podría haber
hablado de los poderosos, de cómo algunos se envuelven en símbolos sagrados
para ganar votos o levantar muros entre hermanos. Podría haber dicho que la fe
se convierte en arma cuando la razón se apaga. Pero no lo hizo. Calló.
Vio en Felisa no a una adversaria, sino a una mujer
que necesitaba proteger sus certezas, sus miedos, su refugio. Y comprendió que
nada se gana intentando arrancar de raíz una creencia que aún da sombra a quien
teme el sol.
En silencio, recordó unos versos del poeta sufí Rumi
(Jalal al-Din Rumi), místico y poeta persa del siglo XIII:
“Yo soy como las gacelas, bebo de todas las fuentes,
lo mismo entro en una catedral que en una mezquita o en una ermita. Mi religión
es el amor, y mi principio es la paz.”
En esos versos, Isidro reconocía una idea que
compartía: la libertad frente a la religión formal y la búsqueda del amor y la
conexión espiritual más allá de las estructuras. Para Rumi, el amor divino no
tiene fronteras, y la verdadera espiritualidad trasciende las divisiones entre
las religiones.
Se los repitió por dentro, como una oración sin
nombre. No buscaba tener razón, sino conservar la calma.
Isidro se rebelaba contra siglos de adoctrinamiento,
manipulación y utilización de la religión como medio para conseguir poder y
riquezas. Aun así, guardó silencio, y la tensión se disolvió como el azúcar al
fondo de la taza.
Esa noche, al mirar el cielo desde la ventana,
Isidro pensó que la tierra no entendía de templos ni de credos: solo de manos
que siembran y corazones que agradecen.
Se sonrió por dentro. La verdadera espiritualidad,
pensó, no necesita convencer ni imponer; se refleja en la comprensión y el
respeto. Y, por primera vez ese día, sintió que había puesto un pequeño puente
sobre la distancia que a veces separa a quienes más se quieren.
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