LA MATANZA DEL CERDO

 

Isidro recordaba las vacaciones de su niñez en Romanillos de Atienza, aquel pequeño pueblo de Guadalajara donde nació su madre y vivía su abuela. Lo veía ahora, en su memoria, rodeado de verdes campos y álamos altos que se mecían con el viento frío del valle.

Las casas eran bajas, de piedra y portales anchos. En las tardes, las mujeres zurcían, hilaban o jugaban a las cartas mientras los niños correteaban entre la ropa tendida y la voz de la novela salía por las radios. Era un mundo sencillo, sin prisas, lleno de gestos compartidos.

Cuando llegaba el frío, a finales de octubre o en noviembre, todo el pueblo se preparaba para la matanza del cerdo. Durante dos o tres días, el aire olía a humo, a aguardiente y a trabajo. Era, a su modo, una fiesta: la despensa del invierno, la prueba de que la familia seguiría alimentándose otro año más.

Cada casa criaba su cerdo con esmero, alimentándolo con sobras, cebada, berza o maíz. Se decía que del cerdo se aprovechaba todo, y era verdad: la grasa, la carne, la piel… hasta la sangre tenía su destino en las morcillas de arroz que se cocían con paciencia.

Aquel día amanecía temprano. La abuela, diligente, preparaba bollos, magdalenas, rosquillas y un poco de anís para entrar en calor. Luego venía el momento difícil, el sacrificio del animal.

Isidro, pequeño, fue una vez el encargado de sujetarle el rabo. Aún recordaba el tirón repentino, el grito desgarrado y el reguero de sangre que manchó la calle antes de que lograran sujetarlo. No volvió a acercarse tanto.

Hoy, cuando escucha hablar del respeto a los animales o del auge del veganismo, Isidro comprende bien de dónde viene ese sentimiento. Nadie en su sano juicio puede permanecer indiferente ante el dolor de un ser vivo. Pero también sabe —porque lo vivió en carne ajena— que en aquellos pueblos perdidos, alejados de la mano de Dios, el hambre no daba opción.

Su madre y sus tíos lo contaban sin adornos: compartir un huevo frito era una fiesta, y hasta las ratas de agua acababan a veces en el puchero. La necesidad no deja espacio para la moral, solo para la supervivencia.

La matanza no era solo muerte: era comunidad, era vida que se transformaba para sostener otras vidas. Había que escaldar, raspar, colgar, trocear, salar, curar, ahumar. Se picaba la carne en una máquina y se embutía en las tripas ya preparadas para hacer los chorizos; se amasaban las morcillas, se salaban los jamones. El olor a grasa y humo se mezclaba con las risas, el cansancio y el vino.

Isidro, ya con una edad, pensaba ahora en aquella vida dura, pero llena de sentido. En los pueblos de secano, donde el pan dependía de la tierra y el abrigo de la lana de las ovejas, la existencia era un acto continuo de agradecimiento.

Hoy, rodeado de supermercados y pantallas, se preguntaba si no habríamos olvidado lo esencial: el valor de aquello que se consigue con el sudor de la frente y el calor de un hogar que huele a pan y a esfuerzo.

Porque, aunque los tiempos cambien y los gestos se transformen, hay algo que sigue latiendo en el fondo del alma: la necesidad de recordar de dónde venimos para entender quiénes somos.

Y en ese recuerdo —a veces crudo, a veces tierno—, Isidro encontraba una forma de reconciliarse con la vida: sin negar el pasado, pero sin dejar de mirar hacia adelante, con la misma mezcla de ternura y respeto con la que su abuela agradecía y miraba al animal antes de la matanza.

 

Comentarios

jorgemot26@gmail.com ha dicho que…
Me llevó a mi niñez y parte de mi juventud, al principio lo tomaba con miedo, ver el cerdo por toda la cuadra me provoca pánico, luego al ir creciendo lo tomaba con burla y con el goce de las fiestas, pero hoy en día con concibo con estar presente en un acto tan cruel como el maltrato a un animal.
Me ha tocado profundamente este escrito mi apreciado Marín, gracias por hacerme recordar.