Por la radio sonaba una canción antigua, de
esas que parecían haber quedado atrapadas en los años de la inocencia.
La voz clara de Marisol repetía:
“La
vida es una tómbola, tom tom tómbola, de luz y de color…”
Isidro levantó la cabeza del libro y escuchó.
Hacía décadas que no oía esa melodía, y sin embargo bastaron unos compases para
abrir una puerta que creía sellada. Una sonrisa se dibujó en su rostro. Recordó
sus nueve años, los pantalones cortos, las rodillas raspadas y el brillo de las
ferias que llegaban a la ciudad cada Navidad.
Las bombillas de colores parecían estrellas al
alcance de la mano, y cada juego —pescar un patito, lanzar pelotas, disparar a
las bolas— contenía la promesa de un premio imposible: un muñeco, un pito, un
coche de hojalata que nunca funcionaría más de dos días.
Isidro recordaba sobre todo el sonido: el
bullicio, las risas, la música de la tómbola que prometía felicidad instantánea
a cambio de unas monedas y la noria girando que te llevaba al cielo. Y cómo,
más tarde, ya con su hija pequeña, repitió los mismos paseos, las mismas
atracciones. La vio reír con el mismo asombro que él había sentido, y entonces
pensó que quizás sí, que la vida era eso: una tómbola donde, de vez en cuando,
uno ganaba el derecho a un instante de plenitud.
El mundo sigue girando, sí, pero no al
capricho de la suerte: cada vuelta del carrusel, cada encuentro, cada pérdida,
cada pausa, tiene su sentido. Isidro cree que somos fragmentos de una misma
Consciencia jugando a manifestarse en infinitas combinaciones.
Que nada —ni el premio ni el fracaso— sucede
por casualidad. Que incluso el billete de lotería en el que depositamos
nuestros sueños incumplidos encierra una lección.
Apaga la radio. Afuera, el sol cae sobre los
tejados, tiñéndolos de un rojo que recuerda a las manzanas caramelizadas de su
niñez.
Ha comprendido que el verdadero premio está en
estar en paz consigo mismo, aunque no siempre haya hecho lo correcto, aunque la
responsabilidad de sus errores aún asome en los rincones de la memoria.
En la vida no siempre se gana… pero siempre se
aprende.
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