TÓMBOLA

 

Una caricatura de una persona

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Por la radio sonaba una canción antigua, de esas que parecían haber quedado atrapadas en los años de la inocencia.

La voz clara de Marisol repetía:

“La vida es una tómbola, tom tom tómbola, de luz y de color…”

Isidro levantó la cabeza del libro y escuchó. Hacía décadas que no oía esa melodía, y sin embargo bastaron unos compases para abrir una puerta que creía sellada. Una sonrisa se dibujó en su rostro. Recordó sus nueve años, los pantalones cortos, las rodillas raspadas y el brillo de las ferias que llegaban a la ciudad cada Navidad.

Las luces giraban como luciérnagas eléctricas en la noche; el olor de las almendras garrapiñadas se mezclaba con el del coco y el del algodón de azúcar. Su madre le alisaba el pelo con saliva antes de subirlo a los caballitos de madera. Su padre, con la corbata ladeada, observaba desde lejos, satisfecho de poderle pagar una vuelta.

Las bombillas de colores parecían estrellas al alcance de la mano, y cada juego —pescar un patito, lanzar pelotas, disparar a las bolas— contenía la promesa de un premio imposible: un muñeco, un pito, un coche de hojalata que nunca funcionaría más de dos días.

Isidro recordaba sobre todo el sonido: el bullicio, las risas, la música de la tómbola que prometía felicidad instantánea a cambio de unas monedas y la noria girando que te llevaba al cielo. Y cómo, más tarde, ya con su hija pequeña, repitió los mismos paseos, las mismas atracciones. La vio reír con el mismo asombro que él había sentido, y entonces pensó que quizás sí, que la vida era eso: una tómbola donde, de vez en cuando, uno ganaba el derecho a un instante de plenitud.

Pero ahora, en 2025, sentado frente a la ventana, el eco de la canción le llega como desde otro mundo. La vida, reflexiona, ha dejado de ser una tómbola. No porque haya perdido el color, sino porque ha comprendido que el azar es solo una apariencia.

El mundo sigue girando, sí, pero no al capricho de la suerte: cada vuelta del carrusel, cada encuentro, cada pérdida, cada pausa, tiene su sentido. Isidro cree que somos fragmentos de una misma Consciencia jugando a manifestarse en infinitas combinaciones.

Que nada —ni el premio ni el fracaso— sucede por casualidad. Que incluso el billete de lotería en el que depositamos nuestros sueños incumplidos encierra una lección.

Apaga la radio. Afuera, el sol cae sobre los tejados, tiñéndolos de un rojo que recuerda a las manzanas caramelizadas de su niñez.

Por un momento, cree escuchar el rumor lejano de una feria que ya no existe. Y mientras se desvanece el último estribillo de Marisol en su memoria, Isidro piensa que, tal vez, la vida sigue siendo una tómbola… solo que él ya no suele jugar: no confía en ganar.

Ha comprendido que el verdadero premio está en estar en paz consigo mismo, aunque no siempre haya hecho lo correcto, aunque la responsabilidad de sus errores aún asome en los rincones de la memoria.

Y esa paz depende de sus actos, de lo que hace, de cómo lo hace, y de todo lo que sabe compartir —de sí mismo y de lo que tiene— sin esperar nada a cambio. Porque, al final, lo que importa no es cuántas veces acertó, sino cómo eligió seguir viviendo después de fallar.

En la vida no siempre se gana… pero siempre se aprende.

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