Isidro creía —se mostraba convencido— de que todo es energía y de que esa energía es UNA, manifestándose de formas distintas. Desde esa visión, nada ocurría fuera de ella; cada acontecimiento tenía su razón de ser en ese tejido invisible. Dicho de otro modo: el libre albedrío era una ilusión amable.
Las
religiones hablaban de un Dios creador y de la necesidad de aceptar su
voluntad. Decían que, cuando la fe era lo bastante grande, uno podía descargar
en Él los problemas, confiar en que sus designios eran siempre fruto del amor.
Isidro
creía en esa Energía Primigenia que lo abarca todo… pero no conseguía tener la
clase de fe que libera. Cuando algo amenazaba su zona de confort —un conflicto,
un miedo, un giro inesperado— podía repetirse mil veces que todo estaba bien,
que no controlaba la vida, que debía aceptar lo que es… y aun así pasaba días
dando vueltas a lo mismo. Analizaba alternativas y desenlaces, atrapado en un
torbellino que solo soltaba por agotamiento, hasta que, tarde o temprano,
volvía a girar en él.
Sabía,
en el fondo, que aquello venía de lejos. Infancia, juventud, heridas sin
cerrar: el cuerpo respondía con viejas alarmas aunque su mente quisiera paz. No
era depresión, pero sí una bruma espesa que ralentizaba su vida.
El gesto mínimo
Una
madrugada despertó con esa inquietud muda que regresa como un huésped antiguo.
Había recibido la denuncia de un vecino reclamando una indemnización por
humedades que, según su versión, provenían de la terraza de Isidro.
El
problema era viejo. Isidro había levantado la terraza, reforzado la tela
asfáltica, aplicado pasta aislante… nada había bastado. Empezaba a sospechar
que el problema no era suyo, aunque los peritos dijeran lo contrario. Y aquella
incertidumbre bastaba para encender un torbellino que él no podía controlar.
La
Energía Primigenia —esa presencia única que creía sostenerlo todo— se le
antojaba entonces lejana, casi un océano inalcanzable. En su lugar, la mente
desplegaba su vieja danza: escenarios posibles, decisiones, peligros, toda una
cartografía del futuro que no traía paz, sino cansancio.
“Confiar”,
se dijo. Pero la palabra flotaba hueca; había perdido peso.
Sin
embargo, aquella mañana ocurrió algo distinto. En mitad del remolino, surgió
una pregunta tenue, inesperada:
¿Qué puedo soltar hoy… aunque sea solo una parte del problema?
No
la vida entera. No el miedo profundo. Solo un fragmento. Un gesto mínimo.
Llamó
al abogado de la aseguradora. Le comunicaron que se harían cargo de la
indemnización. Isidro insistió en que las humedades no eran de su terraza y que
él ya había hecho todo lo solicitado. Solo quedaba una prueba de estanqueidad.
—Hoy
entrego solo esto —murmuró.
No
el futuro, no su paz entera… solo este instante que puedo controlar.
No
sintió iluminación ni serenidad sagrada. Apenas un leve aflojamiento en el
pecho. Pero fue suficiente para no huir.
Habló
con el constructor del pueblo: la prueba no era tan costosa. Cambió de seguro
—casualmente vencía ese mismo día— e hizo un nuevo parte. La mente seguía
reaccionando con sus viejas alarmas, pero cada vez con menos fuerza.
El
paleta del nuevo seguro propuso algo práctico: dejar correr agua en el punto
exacto de la terraza y avisar al vecino. Tras dos horas sin filtraciones, se
emplazaron para repetir el proceso desde la terraza del vecino.
El
primer seguro pagó la indemnización, pero Isidro debía hacer su prueba y las
reparaciones finales.
Quedó
más tranquilo, aunque el vecino tardó meses en decir algo. Finalmente levantó
su propia terraza, hizo sus obras… y jamás pidió disculpas.
Isidro
decidió cerrar el caso sin reclamar nada, aunque también él resultó afectado
por las humedades.
Años
después, comprendió la ironía: había perdido innumerables días de tranquilidad
y ninguna de sus preocupaciones cambió el curso de los hechos. Hubiera
ganado mucho confiando.
Isidro y la fe que no mueve montañas
Isidro
sabía que no era un hombre de certezas. Había pasado media vida leyendo,
escuchando, iniciándose, buscando una brújula interior. Pero, como decía su
abuelo, un burro cargado de libros sigue siendo un burro. Cuando los
miedos antiguos le mordían, cuando la nostalgia o la angustia le apretaban el
pecho, sus creencias se desmoronaban como un muro al que fallan los cimientos.
Reconocía
sin excusas que esa fe que intentaba cultivar no lo sostenía en todos los
conflictos. Era una fe que temblaba, que se doblaba, que no sabía protegerlo
del ruido interior. Una fe más cercana al deseo que a la convicción. Y sin
embargo, no se apagaba del todo. Había en ella un rescoldo mínimo que
sobrevivía a todos los vientos.
Quizá
por eso seguía intentándolo.
Isidro
inspiró hondo. Sintió que una puerta se abría dentro de él: no hacia afuera,
sino hacia su propio centro. No era revelación ni certeza. Era algo más
humilde: la voluntad de seguir creciendo, de introducir cambios, de ajustar
aunque fuese un milímetro al día, de no rendirse al desánimo que siempre volvía
con el mismo disfraz.
Sabía
que su fe no bastaba. Sabía que no era heroica. Sabía que no podía vivir en el
ahora tanto como deseaba. Sabía que no iba a cambiar de un día para otro. Pero también sabía —y
esto por fin era firme— que su búsqueda tenía sentido precisamente porque contribuía
a dar sentido a su vida.
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