Un cuento para quienes aún creen en la magia de reír con todo el cuerpo y guardan una risa en el bolsillo de niños, por si un día el mundo se vuelve gris.
Pío era un
muñeco de porcelana tan antiguo que recordaba el futuro mejor que el pasado. Marí
lo había heredado de su bisabuela, aunque Pío sostenía —entre risas— que había
sido él quien la había heredado a ella.
Tenía ojos
de cristal y un defecto de fábrica que el tiempo convirtió en don: reía cuando
no debía. En funerales, en exámenes finales y, sobre todo, cuando alguien
afirmaba muy serio: —Esto no tiene ninguna gracia.
Su risa no
pedía permiso. Era redonda, contagiosa, capaz de descolocar relojes y adelantar
corazones. Dicen que por su culpa se aprobó un Día Oficial del Buen Humor, que
un autobús llegó tarde pero feliz y que en un hospital un médico recuperó la
sonrisa junto con el bigote torcido.
Cuando Pío
reía, las penas se encogían, los enfados se despistaban y los problemas
olvidaban cómo terminar la frase.
Por eso
nadie supo qué hacer cuando, un día, Pío dejó de reír.
No fue una
tragedia. Fue un silencio lleno.
La porcelana se volvió opaca. Los ojos de cristal miraron hacia dentro, como si estuvieran haciendo las maletas. Aquella noche, Pío no rió ni siquiera cuando María dijo en voz alta:
—Esto ya no tiene ninguna gracia.
A la mañana
siguiente, el muñeco seguía allí. Igual. Quieto. Y, sin embargo, algo faltaba.
Ese mismo
día, Raphael entró en su vida como un vendaval, abriendo las puertas de casa.
Sonrió, y
la habitación cambió de sitio sin moverse. Guiñó un ojo, luego los dos, y
conquistó a las chicas sin saber cómo. Cogió un trapo y limpió la mesa baja del
salón como si estuviera salvando el mundo. Con una escoba hizo malabares y
convirtió la limpieza en una fiesta a ciegas.
Encendió y
apagó luces. Con el mando del televisor pegado a la oreja llamó a su tía Luz.
Puso la lavadora en marcha. Abrió armarios, cerró cajones y desordenó cocina y
salón en un abrir y cerrar de ojos. Las habitaciones permanecieron cerradas a
cal y canto ante el paso de Raphael, el destructor.
Cuando
abrazó a Marí, ella lo entendió todo.
El abrazo
no dolía, no pesaba, no apretaba. Pero al separarse, durante un instante, vio
estrellas en el cielo, aunque fuera de día y estuvieran en el salón.
Desde
entonces, Marí lo sabe.
Pío no
desapareció. Aprendió a caminar con Raphael.
Ahora ríe
con todo el cuerpo. Se equivoca. Juega. Abraza tarde, pronto, cuando no toca.
Sigue desarmando tristezas y alterando el orden serio del mundo… pero ya no
desde una estantería.
Marín Hontoria (13/01/2026)
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