La masía soñada, tras años de búsqueda infructuosa, apareció un día en
su horizonte. Estaba en ruinas, pero cumplía los requisitos que Julián
necesitaba: cerca del pueblo, rodeada de terreno y lo bastante aislada como
para escuchar el silencio. El precio era justo y la motivación, fuerte.
Todo se dio con facilidad al principio. Un arquitecto amigo le hizo
los planos y pudo contratar personal para iniciar la reconstrucción. Durante
meses la masía empezó a tomar forma, como si el proyecto hubiera sido
reconocido y aceptado por la propia tierra. Pero poco a poco fueron surgiendo
las dificultades. El constructor se retiró, el precio de los materiales subió
sin previo aviso, el carpintero incumplía plazos y promesas. Los números
dejaron de cuadrar. Nunca cuadran cuando uno pone el alma por delante de la
cabeza.
El dinero se agotó antes de tiempo y no tuvo más remedio que seguir
solo, pedir ayuda a la familia y prometerse —casi en voz baja— que aguantaría
hasta el final. Solo unos meses más.
El invierno llegó sin avisar. En el campo no hay treguas. Preparar
mortero con las manos agrietadas, revocar muros de piedra húmeda, subir y bajar
andamios con el cuerpo exhausto fue minando algo más que sus fuerzas. Por las
noches dormía en un sofá viejo, dentro de la propia obra, envuelto en mantas
que olían a polvo y cemento. El silencio era tan denso que a veces le parecía
oír la casa respirar, como si midiera su determinación.
Julián llevaba meses viviendo como si el mundo se hubiera reducido a
piedra, cemento, agua y frío. Solo encontraba consuelo al levantar la vista y
contemplar el cielo estrellado. Las estrellas fugaces le recordaban que, pese
al desgaste y la dureza, la vida seguía latiendo y ofrecía, incluso en la
oscuridad, señales de belleza capaces de devolver fuerzas para continuar.
Dormía mal. Y soñaba peor.
Su fe en la Conciencia que guía nuestros pasos no era una doctrina
aprendida, sino una experiencia vivida: una presencia silenciosa que sostenía
cuando ya no quedaban fuerzas ni palabras. En las noches oscuras, cuando el
cuerpo yacía roto y el desánimo lo envolvía, solo esa fe —y el propósito
largamente acariciado— mantenía a Julián en pie. No lo hacía más fuerte, pero
sí más firme.
Los sueños no eran escenas ni recuerdos. Eran números. Siempre los
mismos. Aparecían flotando en la oscuridad con una nitidez inquietante: 81664.
Al despertar, el corazón le latía deprisa, como si hubiera olvidado algo
importante. No sabía qué significaban, pero sentía que no eran casuales. Que
insistían por una razón que aún no alcanzaba a comprender.
Al principio intentó ignorarlos. El cansancio explica muchas cosas.
Pero el número empezó a colarse también en la vigilia.
Apareció en la última factura del almacén de materiales. Lo leyó dos
veces, con una ligera presión en el pecho. Al día siguiente, camino de casa de
sus padres, el coche que circulaba delante llevaba esa misma cifra en la
matrícula. Frenó instintivamente, como si temiera acercarse demasiado. Más
tarde, una llamada desconocida terminó igual: 81664.
La coincidencia empezó a incomodarlo. No por miedo, sino por esa
sensación antigua, casi rural, de que las cosas importantes no siempre se
anuncian a gritos. A veces solo se repiten, esperando ser reconocidas.
Cuando pasó frente al puesto de lotería del pueblo, lo vio en el
escaparate. El número, quieto, como aguardándolo.
Se quedó un rato mirando. Pensó en el dinero que no tenía, en los
muros a medio revocar, en el invierno aún por delante. Pensó también en su
padre, en la forma en que siempre decía que la suerte no se busca, pero a veces
se reconoce; no se persigue, te encuentra. Entró y compró los seis décimos que
quedaban. No sintió alegría. Solo una extraña calma, como si hubiera obedecido
algo que no necesitaba explicación.
Esa misma tarde fue a casa de sus padres. Al contar la historia, notó
las miradas cruzadas. Su hermano sonrió con incredulidad. El tío bromeó. El
primo negó con la cabeza. A los cuatro les ofreció compartir la suerte,
venderles un décimo a cada uno.
Solo su padre aceptó, le compró dos números. Los demás dijeron que ya
tenían demasiada lotería, que no había que fiarse de los sueños, que la vida no
funciona así. Julián insistió más de lo habitual. No por el dinero, sino por
una necesidad difícil de explicar, como si aquel gesto pudiera repartir también
el peso de lo que estaba ocurriendo. Pero ninguno cedió.
Volvió a la masía con una inquietud nueva. Esa noche apenas durmió. No
por miedo, sino por el peso de saberse solo ante algo que lo superaba. En el
silencio buscó dentro la misma fuerza que lo había traído hasta allí, y la
encontró tenue, pero firme, como una brasa que no se apaga. No soñó con
números, sino con la casa terminada. Y eso lo inquietó más que cualquier cifra.
El día del sorteo no escuchó la radio. Trabajó como siempre, con la
cabeza gacha y las manos firmes, convencido de que lo que tiene que suceder
sucede al margen de nuestra vigilancia. Cuando el teléfono sonó, no se
sobresaltó.
Primero fue su padre. La voz le temblaba. Después el hermano. Luego el
tío. Finalmente el primo. Todos para felicitarlo.
Entonces, ya sin bromas ni escepticismo, le pidieron los décimos que
había ofrecido días atrás. Julián escuchó en silencio. Miró los muros de
piedra, aún desnudos. Pensó en las noches frías, en el cuerpo agotado, en los
sueños insistentes, en ese número que lo había acompañado como una señal que no
se comparte a destiempo.
Lo sintió. De verdad que lo sintió. Pero aquella masía —su último acto
de fe— tendría, por fin, el final que tanto esfuerzo había costado.
Y comprendió que hay intuiciones que no se negocian, porque no
pertenecen al azar. Pertenecen a esa Conciencia que somos y que, en las noches
más duras, vela en silencio por aquello que ha sido fielmente amado.

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