PREMONICIÓN

 


No fue un sueño lo que me inquietó aquella noche, sino una certeza. De esas que no hacen ruido, pero no te dejan volver a dormir igual.

Desde que cumplí los setenta, el tiempo empezó a comportarse de otra manera. No corría ni se detenía: se ensanchaba. Cada gesto parecía contener algo más de lo que mostraba. Cada silencio traía un mensaje que no siempre pedía ser entendido.

Fue a finales de 2025 cuando empecé a notar las señales.

No eran imágenes, ni recuerdos disfrazados.

Era el ritmo.

El mismo pájaro cantando siempre a la misma hora.

El mismo vecino pasando frente a mi ventana cuando yo pensaba en él.

El mismo pensamiento regresando, insistente: prepárate.

No para algo concreto. Para estar.

El cuerpo ya no respondía como antes. Las manos a veces dolían con un simple movimiento, la memoria jugaba a esconder nombres, y algunas mañanas levantarme de la cama requería una voluntad que antes no necesitaba convocar. Pero, curiosamente, la conciencia estaba más despierta que nunca. Como si, al aflojar el cuerpo, algo más profundo hubiera tomado el mando.

En enero de 2026 ocurrió algo sencillo. Demasiado sencillo para parecer importante.

Caminaba por el sendero que bordea el parque cuando encontré un reloj antiguo, oxidado, sin correa, detenido exactamente a las 20:26. No funcionaba. Lo supe al instante. Aun así, lo guardé en el bolsillo. No por nostalgia, sino porque sentí —otra vez— ese reconocimiento silencioso.

Aquella noche no soñé. Pero al despertar comprendí.

2026 no venía a traerme nada nuevo. Venía a despojarme.

De la prisa que aún conservaba. Del miedo a desaparecer. De la necesidad de dejar huella.

Durante las semanas siguientes, personas del pasado regresaron brevemente: un antiguo alumno, un amor que no fue, un amigo enfermo. No venían a quedarse. Venían a cerrar página. Cada encuentro era una despedida disfrazada de conversación trivial.

Y yo, por primera vez, no me resistí.

Comprendí que la Conciencia no siempre anuncia con prodigios. A veces prepara el terreno con gestos mínimos, con una suavidad que solo se percibe cuando uno deja de pedir explicaciones.

En los primeros días del año, sentado frente a la ventana del salón, mientras las luces del belén cambiaban de color, supe que 2026 sería un año de transmisión. No de acción. De entrega. No de logros. De presencia.

Lo que había aprendido —sobre la fe, el dolor, la espera, la noche oscura— ya no me pertenecía. Debía pasar a otros, incluso aunque no supieran recibirlo.

No sentí tristeza. Sentí orden.

Como si todo, por fin, estuviera en su lugar.

Miré el reloj detenido sobre la mesa. 20:26. Sonreí.

Hay años que no vienen a cambiar el mundo, sino a colocarnos dentro de él.
Y supe, sin necesidad de más señales, que mientras la Conciencia permanezca despierta, nada de lo esencial puede perderse.

 

 

Comentarios