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Cuando llegó el
carnaval, la ciudad se llenó de colores, de risas prestadas y de músicas que parecían venir de otro tiempo. Isidro salió a la plaza con una careta sencilla,
de cartón pintado, sujeta con una goma, como quien se pone una excusa para ser
otro durante unas horas.
Observó a la
gente. El tímido se volvía audaz, el serio bailaba, el que siempre callaba
hablaba sin miedo. Nadie parecía quien era. Y, sin embargo, todos parecían más
ellos que nunca, mostrando su verdadera personalidad al amparo del anonimato.
Pensó entonces
que no solo en febrero usamos máscaras. También las llevamos en el trabajo, con
la familia, en esas conversaciones donde decimos “que todo está bien” para no
mostrar la grieta. Nos disfrazamos de fuertes, de sabios, de felices… o de
víctimas. Ocultamos nuestras limitaciones como quien esconde un temblor en el
bolsillo.
Isidro se quitó
la máscara un instante. Sintió el aire frío en la cara, la vulnerabilidad de
estar sin adorno, desnudo, al descubierto. Pasó desapercibido. Nadie lo miró.
Nadie se dio cuenta. Cada cual estaba ocupado sosteniendo su propio personaje.
Sonrió.
Tal vez la vida
sea eso: un carnaval eterno donde buscamos, entre disfraces, la personalidad
que nos gustaría tener. Y quizá, en algún momento de la fiesta, nos atrevemos a
quitarnos la máscara y descubrimos que debajo no hay carencia, sino un rostro
en construcción.
La música
siguió. Isidro volvió a ponerse la máscara, pero ya no para ocultarse, sino
para disfrutar. Después de todo, no somos solo la imagen que damos: somos
también lo que late detrás.
Porque la vida
—pensó mientras la comparsa avanzaba— es un carnaval donde todos fingimos…
hasta que aprendemos a ser.
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