No eligieron pasar un fin de semana en el Castillo de Cardona por su leyenda, sino por el silencio.
Necesitaban
un paréntesis en la monotonía de los días repetidos. Piedras antiguas,
habitaciones altas, vistas de gran belleza y la sensación de que nada podría
alterar la calma que prometía el lugar.
Violeta
leyó después, ya en camino, la historia de la novia de Cardona. Un amor
prohibido, un castigo excesivo, una vida detenida en un muro. No dijo nada,
pero se sintió conmovida. A veces las historias piden ser escuchadas a solas.
Andrea,
un pequeño pinscher miniatura que los acompañaba, empezó a mostrarse inquieto
al cruzar el umbral. No mostraba miedo, solo atención plena. Como si el lugar
le hablara en un idioma que los humanos habían olvidado. Se detenía ante
paredes sin marcas, olfateaba el aire, ladeaba la cabeza con una concentración
extraña.
La
habitación 712 no era distinta a las demás. Y, sin embargo, lo era todo.
El
tiempo parecía quedarse suspendido allí dentro, como una respiración contenida.
Después
de acomodar sus cosas, decidieron recorrer el castillo y localizar la zona de
restauración. Al pasar por la biblioteca, Andrea se acercó a una estantería
antigua y se quedó inmóvil. No gruñó. No ladró. Solo escuchó.
Desapareció
misteriosamente al atardecer.
Lo
buscaron con la angustia de quien sabe que no se trata solo de perder algo muy querido,
sino de no comprender cómo pudo perderse con sus despiertos sentidos. El
castillo se volvió laberinto. Cada pasillo parecía devolverles su propia
inquietud. Llamaron su nombre hasta que la voz se les volvió ajena.
Al
caer la noche, en un respiro, el silencio dejó de ser vacío. Y entonces, los
ladridos.
Lejanos.
Contenidos. No pedían auxilio. Llamaban.
La
biblioteca los recibió con una quietud densa, casi respetuosa. Allí el sonido
se hacía claro, pero Andrea no aparecía. Prestaron atención. Tras una
estantería ligeramente desplazada, el muro mostraba una fisura imposible. La
empujaron sin saber por qué. Una fuerza desconocida parecía guiarlos.
La
estancia oculta no guardaba objetos. Guardaba ausencia en sus desnudas paredes.
Una
ausencia antigua, intacta, como si nadie hubiese sabido cerrarla.
Andrea
estaba allí, quieto, mirando un punto fijo donde no había nadie. No temblaba.
Comprendía.
Violeta
dio un paso adelante, seguida por Isidro. No por valentía, sino por
reconocimiento. Sintió en el pecho una presión suave, un temblor lento, como si
aquella ausencia reclamara algo que nunca había recibido. No palabras, sino
mirada. No miedo, sino empatía.
Cerró
los ojos.
No
invocó con voz, sino con intención. Pensó en Adalés. No como fantasma, sino
como conciencia detenida. Como vida que no pudo despedirse de sí misma. Sintió
el dolor antiguo, pero también el amor que lo había provocado, y dejó que ambos
coexistieran sin juicio.
El
aire cambió.
No
se movió nada y, sin embargo, algo se desplazó. Una vibración tenue recorrió la
estancia, como un suspiro que llevaba siglos contenido. Andrea levantó la
cabeza. El punto vacío pareció llenarse de presencia… y luego aflojarse.
No hubo aparición.
Hubo alivio.
Más claridad.
Cuando
salieron, la pared volvió a ser muro. La estantería, estantería. El castillo,
castillo. Pero la densidad había cedido, apenas perceptible, como cuando el
cuerpo deja ir una pena antigua.
A
la mañana siguiente, una luz nueva los despertó con el día. Se marcharon sin
prisa. Andrea caminaba en silencio, ligero.
Desde
entonces, cada vez que se detiene ante una pared, no lo apartan. Saben que hay
lugares —y vidas— que siguen ahí no para asustar, sino para ser reconocidas.
Porque
lo no resuelto no desaparece.
Pero
cuando es visto, puede descansar.
Marín Hontoria
El
Castillo de Cardona (Barcelona), actualmente Parador Nacional, está ligado a la
leyenda de la novia de Cardona. Se dice que Adalés, emparedada por un
amor prohibido, permanece asociada a la habitación 712 y a la biblioteca del
castillo, escenarios habituales de relatos y testimonios inexplicables.
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