No antipático, ni
distante.
Solo… callado.
Vivía en la ciudad desde siempre. Había
trabajado allí, había enseñado allí, y ahora caminaba por sus calles con la
calma de quien ya no tiene prisa.
A veces se sentaba en un banco de cualquier
parque o calle y observaba pasar a la gente: rostros apresurados,
conversaciones a medias, teléfonos que no dejaban de sonar.
—Isidro guarda algún secreto —pensaban algunos
conocidos.
Tal vez tenían razón.
Pero no era el tipo de secreto que la gente
imaginaba.
No había en su vida aventuras ocultas, ni
amores prohibidos, ni historias extraordinarias.
Su secreto era otro.
Lo había descubierto muchos años atrás, sin
saber muy bien cuándo.
Tal vez una tarde de verano en el pueblo de su
madre, cuando siendo niño pasaba las vacaciones con su abuela. Tal vez mucho
después, ya adulto, en medio del ruido de la ciudad.
Un día comprendió algo muy sencillo.
Que la mayor parte de las personas viven
siempre pensando en lo que vendrá después. El pasado las empujaba y habitan
casi siempre en la casa del mañana.
Después del
trabajo. Después del problema. Después del día. Todavía no.
Y así, esperando el momento siguiente, la vida
pasa sin ser vista.
Isidro comprendió entonces que el único lugar
donde la vida ocurre de verdad es este instante.
Ni ayer. Ni
mañana. Aquí y ahora.
Desde ese día empezó a prestar atención a
cosas pequeñas que antes no veía: la luz de la tarde reflejada en los
edificios, los árboles elevando sus ramas hacia el cielo, el rumor lejano del
tráfico cuando cae la noche, el silencio inesperado de un parque en medio de la
ciudad.
No cambió el mundo.
Pero cambió su manera de estar en él.
Por eso, cuando alguien piensa que Isidro
guarda un secreto, no se equivoca del todo.
Porque lo guarda.
Solo que es un secreto muy sencillo.
Isidro mira el mundo con una atención que la
mayoría de la gente ha perdido. Ha descubierto que la vida no está escondida en
los grandes acontecimientos.
Está ocurriendo ahora mismo.
Y casi nadie se da cuenta.

Comentarios