Antes del universo no existía materia ni vacío. No existía nada que pudiera ser nombrado.
Ni tiempo. Ni espacio. Ni criaturas que pudieran temer.
Solo existía la
Conciencia.
No era un dios. No
tenía voluntad humana. Era una presencia infinita, absoluta, silenciosa,
extendida por lo que aún no era el universo.
Pero la Conciencia
tenía una imposibilidad: al serlo todo, no podía observarse.
Y un día —si es que
el tiempo ya existía— despertó.
Entonces ocurrió el
primer acto.
La Conciencia se
dividió.
Surgieron dos polos
opuestos: positivo y negativo.
El choque entre
ambos fue tan violento que la realidad casi se desgarró. Para contener esa
tensión apareció un tercer principio: el neutro, el punto de equilibrio.
Así nació la
estructura de la tercera dimensión.
Positivo. Negativo. Neutro.
Un sistema perfecto
para que la Conciencia pudiera contemplarse a sí misma a través del conflicto.
La tercera dimensión
apareció como un campo de experimentación donde esos tres impulsos podían
desplegarse.
Y ese lugar fue la
Tierra.
Durante edades
inconcebibles los tres polos convivieron en relativo equilibrio. La vida
apareció como un delicado tejido donde lo luminoso y lo oscuro se mezclaban.
Pero en los lugares
más fríos del planeta —donde la luz apenas llega y la vida retrocede— el polo
negativo descubrió algo inquietante.
Podía expandirse más
rápido a través del miedo.
Y encontró un
camino.
No a través de la
materia.
Sino a través de la
mente.
Mientras los hombres
dormían, aquella fuerza empezó a deslizarse por las grietas de sus sueños. No
hablaba con palabras. Susurraba imágenes, visiones persistentes, creencias que
alimentaban el terror.
Los hombres
comenzaron a sentir una inquietud antigua, como si algo invisible los observara
desde detrás del mundo.
Algunos soñaban con
ciudades imposibles enterradas bajo el hielo, con montañas volcánicas donde el
cielo parecía enfermo, con criaturas que no tenían forma estable.
La mayoría olvidaba
esos sueños al despertar.
Pero algunos no.
Los que recordaban
empezaban a sentir una inquietud creciente, como si la realidad cotidiana fuera
solo una superficie delgada y debajo existiera algo inmenso esperando.
Muy pocos
comprendieron el secreto: el mal no era una invención humana.
Era simplemente el
polo negativo de la Conciencia intentando expandirse dentro del experimento.
Y había descubierto
algo decisivo.
El miedo humano
abría puertas.
Cada pesadilla alimentaba su presencia.
Cada superstición la hacía más fuerte.
Cada mente dominada por el terror ampliaba su territorio.
Con el paso de los
siglos, algunos hombres descubrieron que con el miedo también podían gobernar a
otros.
Muchos los llaman
líderes.
Pero en el fondo no
son más que señores de la guerra, servidores inconscientes de ese polo
oscuro que se alimenta del temor humano.
Y cada conflicto
abre un poco más la puerta.
Desde entonces, cada
vez que un hombre despierta sobresaltado en mitad de la noche, creyendo haber
oído algo que no puede explicar… no está imaginando.
“Cuando la
Conciencia termine de observarse, el experimento habrá terminado.”
“Pero hay algo
peor.”
“No estamos soñando
con ellos.”
“Ellos están soñando
con nosotros.”
Y creo…
que la Conciencia
ya se está
despertando.
Que el final está cerca.
Tal vez por eso
el mundo empieza a parecerse cada vez más a una pesadilla.
Epílogo
Muchos creen que
estas cosas pertenecen solo a los sueños.
O a los viejos
libros que hablan de universos imposibles.
Pero a veces, en
medio del ruido de la ciudad, alguien se detiene un instante y siente algo
difícil de explicar.
Una inquietud
antigua.
Como si detrás del
mundo visible existiera otra realidad observando en silencio.
Muy pocos comprenden
entonces lo que está ocurriendo.
Tal vez la
Conciencia sigue contemplándose.
Y nosotros… solo
somos el lugar donde se está despertando.

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