NO ME VIENE

 

No me viene la palabra, esa que abre la puerta a la inspiración y dibuja historias en el aire.

La llamo.

La invoco.

Le hago señas discretas con la dignidad que me queda.

Nada.

En su lugar viene el silencio.

Se instala sin pedir permiso, se quita el abrigo, se acomoda frente a mí y cruza las piernas como si pagara alquiler.

—Bueno —le digo—, tú no eras el esperado.

El silencio no responde. Tiene esa elegancia ofensiva de quien sabe que no necesita justificarse.

Intento atraer la palabra con estrategias diversas: carraspeo creativo, mirada al techo, leve inclinación de cabeza hacia el lado izquierdo, que siempre ha parecido más inspirador que el derecho. Incluso amenazo con escribir cualquier cosa solo para provocarla.

Nada.

El silencio, en cambio, se expande.

Empieza a ordenar la habitación.

Coloca mis dudas en fila.

 Sacude el polvo de algunas certezas viejas. Me mira como quien dice: “No dramatices”.

—Es que necesito la palabra —insisto—. Una buena. Con peso. Con brillo.

Creo verla asomada a la ventana, demasiado fina para entrar en una casa tan revuelta.

El silencio bosteza.

Y entonces, con esa crueldad suave que lo caracteriza, me deja caer una evidencia:

—No necesitas una palabra. Necesitas venir tú. Deja de llamar afuera.

La palabra no es un taxi. No tiene obligación de recogerte en la puerta de tus prisas.

El silencio sigue ahí. No molesta. No empuja. No promete nada.

Y, sin embargo, empieza a decir cosas.

Dice que la urgencia es ruido. Dice que el vacío se puede llenar.
Dice que esperar también es una forma de escribir.

Miro la página en blanco.

Ya no parece enemiga.

Parece espacio.

Sonrío.

—De acuerdo —le digo al silencio—. Quédate.

La palabra, sospecho, se ha ocultado en alguna esquina.

Vendrá cuando quiera.

Mientras tanto, el silencio y yo conversamos.

Y, para mi sorpresa, el silencio dice más que la palabra que no me viene.

Porque al final,
cuando dejo de buscarla,
después de tanto no venir…

la palabra
viene.

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