El
niño corría descalzo por el patio, persiguiendo una mariposa como si en ello le
fuera la vida. Reía sin motivo, tocaba todo, preguntaba sin miedo. El mundo era
suyo: intacto, sin normas ni fronteras. Cada instante, un descubrimiento. Cada mirada, un asombro.
El
abuelo lo observaba sentado desde la sombra de la higuera.
Recordó
entonces cuando él también corría así, sin saber de límites ni de silencios
impuestos. Antes de aprender que había palabras prohibidas, gestos incorrectos,
caminos vedados. Antes de que el miedo se instalara despacio: al castigo, al
rechazo, al desamor… Antes de desconfiar del mundo y, peor aún, de sí mismo.
El
niño tropezó y cayó. Por un instante, se hizo el silencio. Luego se levantó, se sacudió
el polvo y volvió a correr tras la mariposa, como si nada hubiera pasado.
El
abuelo sonrió.
Cuánto
tiempo le había llevado aprender eso mismo: caer sin romperse por dentro, aceptar
sin rencor, mirar sin prejuicio, convivir con la incertidumbre, no mendigar afecto,
no dejar que el dolor se hiciera sufrimiento.
Mientras el
niño jugaba, el abuelo comprendía.
Y
en ese instante, bajo la higuera, ambos compartían algo invisible: la misma inocencia.
La
del que aún no ha aprendido a temer… y la del que, después de todo, ha dejado
de hacerlo.
Porque
inocente no es solo quien no sabe. Inocente es quien, sabiendo, no se endurece.
No porque olvide, sino porque ya no necesita defenderse.
Y
allí, sin darse cuenta, el niño y el abuelo se tocaban en lo intangible, abriéndose
a la vida como una flor que no sabe que es bella.
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