DE COLORES

Todo comenzó tras una caída absurda durante la fiesta de la bicicleta de Barcelona.

Nada grave, dijeron los médicos. Un esguince. Reposo. Antiinflamatorios.

Pero a la mañana siguiente Violeta descubrió que el mundo había cambiado de color.

Al principio creyó que era un efecto de la medicación.

Las plantas emitían una vibración verde intensa. Las paredes parecían rodeadas de una niebla tenue. Y alrededor de las personas aparecían extraños resplandores que flotaban en el aire acompañándolas.

Miró a Isidro mientras desayunaba.

Un azul suave rodeado de amarillo lo envolvía con un resplandor tranquilo. Pero bajo aquella calma flotaban pequeñas grietas grises que iban y venían lentamente.

—¿Te encuentras bien? —preguntó ella.

—Claro —respondió él sonriendo.

Sin embargo, los colores mostraban algo diferente.

Durante días guardó silencio. Temía estar perdiendo la razón. Pero las visiones continuaban.

En el supermercado descubrió a una cajera sonriendo mientras una sombra oscura temblaba alrededor de su cuerpo como una tormenta contenida.

Un niño irradiaba destellos dorados de alegría limpia.

Una anciana sentada sola en un banco estaba rodeada por un gris tan pesado que Violeta sintió tristeza solo con acercarse.

Poco a poco comprendió que no estaba viendo colores. Estaba viendo emociones. Estados interiores. La energía invisible que las personas esconden incluso de sí mismas.

Y cuanto más observaba, más entendía que casi nadie mostraba realmente quién era.

Había hombres aparentemente fuertes rodeados de miedo. Personas amables envueltas en tristeza. Y seres silenciosos que desprendían una paz luminosa difícil de explicar.

Al principio aquello la agotaba. Entrar en una cafetería era como sumergirse en un océano de emociones mezcladas. Volvía a casa exhausta.

A veces incluso confundía sentimientos ajenos con los propios. Pero lentamente comenzó a adaptarse.

Descubrió que respirar despacio calmaba los colores. Que el silencio ordenaba las energías. Y que ciertas personas transmitían serenidad simplemente estando cerca.

También comprendió algo inesperado. Las emociones cambiaban el aura. La endurecían. La apagaban. La expandían.

Una palabra cruel podía ensombrecer a alguien durante horas.

El miedo y la ira rompían los colores en pequeñas fracturas oscuras.

Y el amor… El amor parecía armonizarlo todo.

Una noche abrazó a Isidro, sorprendiéndole, mientras él permanecía callado mirando por la ventana.

Entonces vio cómo las grietas grises que lo atravesaban comenzaban a deshacerse lentamente bajo el azul de su aura. Como humo iluminado por el sol al amanecer.

Violeta sintió lágrimas brotar de sus ojos.

Comprendió que ayudar a alguien no siempre consistía en resolverle la vida.

A veces bastaba con acompañarlo sinceramente. Con escuchar. Con abrazar. Con permanecer.

Desde aquel día empezó a utilizar aquel extraño don con discreción. No hablaba de auras. La gente no lo habría entendido.

Pero comenzó a acercarse más a quienes veía apagados. Escuchaba a personas que necesitaban ser escuchadas. Sonreía a desconocidos envueltos en tristeza. Y descubrió que algunos colores cambiaban simplemente porque alguien los miraba con compasión.

Con el tiempo dejó de preguntarse por qué podía ver aquello.

Tal vez el golpe solo había roto una puerta que siempre estuvo dentro de ella.

Porque ahora sabía algo que antes ignoraba: cada ser humano camina rodeado por un mundo invisible. Un universo secreto de heridas, miedo, amor y esperanza.

Y casi todos desean, aunque nunca lo digan, que alguien sea capaz de mirarlos sin miedo… y devolverles un poco de luz.

 

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