Ir al contenido principal
EL HOMBRE QUE QUERÍA PERDERSE SIN ESTAR LOCO
El día que decidió perderse, Ernesto compró un mapa.
Fue un error. Los
mapas estaban hechos precisamente para lo contrario.
Compró otro. Y
otro más.
Al cabo de una
semana tenía ciento cuarenta y tres mapas perfectamente ordenados en el salón y
seguía sabiendo exactamente dónde estaba.
Aquello le
desesperaba.
La gente normal
quería encontrarse a sí misma. Ernesto no. Llevaba cincuenta años encontrándose
sin que nada cambiara.
Cada mañana
despertaba en el mismo cuerpo, con las mismas opiniones y los mismos
calcetines.
Ya estaba harto.
Una madrugada
metió una manzana en una mochila, cerró la puerta de casa y se marchó sin
despedirse de nadie. Ni siquiera de sí mismo.
Durante meses
recorrió ciudades buscando un lugar donde no estuviera.
Pero allí donde
iba aparecía algo suyo.
En Lisboa le
esperaba una opinión.
En Praga, un
prejuicio.
En Estambul, un
miedo antiguo.
Parecía que el
mundo entero había sido colonizado por Ernesto.
Hasta que llegó a
una ciudad que no figuraba en ningún mapa.
A la entrada
había un cartel:
PROHIBIDO ENTRAR
CON EXPLICACIONES
Sonrió.
Por primera vez
cumplía los requisitos.
Dentro encontró
calles que regresaban al punto de partida, relojes que daban la hora de ayer y
una oficina municipal dedicada a los asuntos que nunca habían sucedido.
Pidió audiencia
con el alcalde.
Era una niña de
ocho años.
—¿Qué desea?
—Perderme.
La niña abrió un
cajón y sacó un formulario en blanco.
—Firme aquí.
—Pero si no hay
nada escrito.
—Precisamente.
Ernesto tomó la
pluma.
Entonces
descubrió que no sabía qué poner.
Su nombre, de
pronto, le pareció un traje demasiado estrecho.
Lo observó un
instante.
Después lo dejó
sobre la mesa.
La niña estampó
un sello invisible.
—Solicitud
aprobada.
A partir de aquel
día comenzaron a desaparecer algunas cosas.
Primero, la
necesidad de tener razón.
Luego, ciertas
historias que repetía para explicarse quién era.
Más tarde, el
miedo al ridículo.
Una mañana
alguien le preguntó:
—¿Y usted quién
es?
Ernesto miró el
cielo antes de responder.
—No lo sé.
Las palabras
salieron solas.
No sé quién soy,
pensó. Y, por extraño que pareciera, aquella ignorancia no le produjo miedo.
Al contrario.
Era la respuesta
más libre que había pronunciado nunca.
Sintió un espacio
inmenso abriéndose dentro de él.
Como una casa sin
paredes.
Como una página
todavía en blanco.
Y entonces
ocurrió el milagro:
cuando por fin se
encontró completamente perdido,
se encontró.
.
Comentarios