Cuando anunciaron que había obtenido el segundo premio del concurso de Minicontes, Isidro sintió una mezcla extraña de alegría y desconcierto.
Alegría porque a nadie le amarga un
reconocimiento. Desconcierto porque conocía demasiado bien sus limitaciones.
Nunca se había considerado un gran escritor. Le costaba inventar historias,
crear personajes memorables o construir tramas sorprendentes. Lo suyo era otra
cosa: escribir para entenderse.
Desde hacía años utilizaba la escritura como
otros utilizan una libreta de notas o una larga caminata. Escribía para ordenar
emociones, para dialogar con sus contradicciones, para mirar de frente aquello
que le inquietaba.
El relato premiado, Voy a cambiar por ti,
había nacido precisamente así. No surgió de la imaginación sino de una vieja
reflexión sobre una de las trampas más frecuentes del amor: creer que amar
consiste en renunciar a uno mismo para agradar al otro.
Al escuchar los aplausos pensó que, quizá,
muchos de los que habían votado no estaban premiando el cuento. Tal vez estaban
reconociendo una experiencia compartida. Como ocurre con los espejos, uno no se
detiene ante ellos por admirar el cristal, sino porque se ve reflejado.
Aquella idea le ayudó a poner las cosas en su
sitio.
Porque los premios son extraños. A veces llegan
cuando menos se esperan. Otras veces no llegan nunca. Dependen del momento, del
jurado, de los gustos, de las circunstancias y hasta del estado de ánimo de
quien lee.
Por eso, pensó Isidro, conviene recibirlos con
gratitud, pero también con prudencia.
La alegría es legítima. La vanidad, no tanto.
El aplauso puede ser un regalo, pero nunca una
medida de lo que somos.
Quien confunde un premio con su valor personal
acaba viviendo pendiente de la aprobación ajena. Y quien no recibe premios y
concluye que no tiene nada que decir, cae en un error parecido.
Aquella noche Isidro regresó a casa con su
diploma bajo el brazo.
Lo dejó sobre una mesa y se preparó una
infusión.
Mientras observaba el papel pensó que el
verdadero premio había ocurrido mucho antes, cuando una emoción, una idea
confusa, se convirtió en palabras y aquellas palabras le ayudaron a
comprenderse un poco mejor.
Todo lo demás era agradable.
Pero accesorio.
Porque escribir, como vivir, no consiste en
llegar al podio.
Consiste en caminar.
Y seguir aprendiendo mientras se camina.

Comentarios