Aquella noche Isidro apagó el
televisor antes de que terminara el informativo.
Habían mostrado imágenes de
celebraciones y protestas en Colombia por el resultado de las elecciones. Unos
cantaban. Otros lloraban. Todos estaban convencidos de tener razón.
Permaneció un rato en silencio,
mirando la oscuridad tras la ventana.
—Siempre la misma historia
—murmuró.
No hablaba de Colombia. Tampoco de
España. Hablaba del ser humano.
Recordó las historias que le
contaba su abuelo sobre la Guerra Civil. Hermanos enfrentados. Vecinos que
habían compartido mesa durante años y que, de pronto, dejaron de saludarse.
Hombres obligados a vestir uniformes distintos y a apuntarse con fusiles desde
trincheras opuestas.
A veces se preguntaba cuántos de
ellos comprendían realmente por qué estaban allí. Quizá muy pocos.
El abuelo solía decir que las
balas no preguntaban por las razones. Solo atravesaban cuerpos. Y detrás de
cada cuerpo quedaba una madre llorando.
Isidro pensó entonces en algo que
había aprendido demasiado tarde.
Las ideas son necesarias. Las
creencias también. Pero ninguna vale más que un ser humano.
Cuando una idea importa más que
una persona, comienza el fanatismo.
Cuando una bandera importa más que
un hijo, comienza la tragedia.
Cuando una ideología importa más
que un hermano, ya se ha perdido la guerra, aunque todavía no haya empezado.
Miró de nuevo la pantalla apagada.
Miles de personas discutían
aquella noche en las redes sociales. Algunas familias cenaban en silencio
porque nadie quería escuchar al otro. Amigos de toda la vida se bloqueaban
mutuamente. Padres e hijos se observaban con desconfianza. Todo por tener
razón.
Y sin embargo, pensó Isidro, la
verdad jamás había necesitado odio para sostenerse.
La verdad no grita. No
humilla. No desprecia. La verdad ilumina. Como una lámpara en medio de la
noche.
Fue entonces cuando
recordó una frase que había leído años atrás:
"La oscuridad
no puede expulsar a la oscuridad. Solo la luz puede hacerlo."
Quizá la conciencia consistía
precisamente en eso.
En comprender que el otro puede
estar equivocado sin convertirse por ello en un enemigo.
En recordar que detrás de cada
opinión hay un corazón que también conoce el miedo, la esperanza y el dolor.
Entonces sonrió con
una mezcla de tristeza y ternura.
La humanidad seguía
dividiéndose en dos bandos.
Los de un lado. Y
los del otro. Pero tal vez existiera un tercero.
El de quienes se
niegan a odiar.
El de quienes
prefieren tender puentes mientras otros levantan muros.
El de quienes
entienden que ninguna victoria política compensa la pérdida de un hermano.
El de quienes saben
que la verdadera batalla no se libra entre izquierdas y derechas, entre
creyentes y ateos, entre pueblos o naciones.
La verdadera batalla
se libra en el corazón humano. Entre el miedo y el amor. Entre la conciencia y
la inconsciencia. Entre la luz y la sombra.
Y mientras
contemplaba la noche, Isidro tuvo la certeza de que el futuro de la humanidad
dependería menos de quién gane las elecciones y más de cuántos hombres y
mujeres sean capaces de reconocerse mutuamente como hermanos.
Porque el día que
eso ocurra, ya no habrá vencedores ni vencidos.
Solo seres humanos
caminando juntos bajo el mismo cielo.
Y quizá entonces,
por fin, la luz encuentre el camino de regreso a casa.
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