ENSAYO SOBRE LA INMIGRACIÓN

 


Inmigración: entre el miedo, los datos y la responsabilidad

Ni negar los problemas ni convertir al inmigrante en el problema

En los últimos años la inmigración se ha convertido en uno de los asuntos que más emociones despierta en las sociedades europeas. El debate ya no se limita a discutir cuántas personas pueden entrar, en qué condiciones o qué política migratoria necesita cada país. Con frecuencia se ha transformado en una confrontación entre dos posiciones aparentemente irreconciliables.

Por un lado, quienes consideran que cualquier crítica a la inmigración es una manifestación de xenofobia y tienden a minimizar los problemas que puede producir una llegada desordenada de personas. Por otro, quienes presentan al inmigrante como una amenaza para la seguridad, el empleo, los servicios públicos y la identidad nacional.

Entre ambos extremos existe una realidad mucho más compleja.

España tiene derecho a controlar sus fronteras. Tiene derecho a decidir quién puede entrar, en qué condiciones y con qué requisitos. Tiene también la obligación de perseguir a las mafias que trafican con personas y de garantizar la seguridad de sus ciudadanos.

Pero una cosa es controlar la inmigración y otra muy distinta convertir al inmigrante en un sospechoso por el simple hecho de ser extranjero.

Para discutir este asunto con cierta honestidad necesitamos abandonar los eslóganes y mirar los datos.


1. Ser extranjero no significa ser delincuente

Uno de los argumentos que más se repite en determinados discursos políticos es la asociación entre inmigración y delincuencia.

Se habla de inmigrantes como delincuentes, violadores o incluso terroristas, como si esas categorías fueran prácticamente equivalentes.

Los datos no permiten semejante generalización.

Según la Estadística de la Población Condenada del Instituto Nacional de Estadística, en 2025 fueron condenadas en España 306.237 personas adultas. De ellas, el 70,2 % tenía nacionalidad española y el 29,8 % nacionalidad extranjera.

Dicho de otra manera: aproximadamente siete de cada diez adultos condenados eran españoles.

Este dato es importante porque desmonta una afirmación frecuente: que la delincuencia en España es fundamentalmente extranjera.

Pero sería intelectualmente deshonesto detenernos aquí.

Cuando el INE calcula la tasa de condenados por cada 1.000 habitantes adultos, aparecen diferencias importantes: en 2025 la tasa fue de 6,1 por cada 1.000 entre los españoles y de 15,3 entre los extranjeros. Es decir, la tasa correspondiente a la población extranjera fue aproximadamente 2,5 veces superior.

Por tanto, hay dos datos que deben mantenerse juntos:

La mayoría de los condenados son españoles.

Los datos muestran una realidad que no cabe en un eslogan. En 2025, el 70,2 % de los adultos condenados en España tenía nacionalidad española, mientras que la tasa de condenados por cada 1.000 adultos era superior entre los extranjeros. Ambas afirmaciones son ciertas porque una se refiere al número total de condenados y la otra compara la incidencia dentro de cada población. La diferencia de tasas merece ser estudiada y no ocultada, pero tampoco permite convertir la nacionalidad en una explicación de la delincuencia. Para comprenderla es necesario considerar otros factores, como la edad, el sexo y las condiciones sociales y económicas.

¿Es esto motivo para ignorar el problema? No.

¿Permite afirmar que los inmigrantes son delincuentes? Tampoco.

La nacionalidad no explica por sí sola la delincuencia. En las estadísticas intervienen factores como la edad, el sexo, la situación socioeconómica, la exclusión social, el nivel educativo o la propia estructura demográfica de las poblaciones comparadas.

De hecho, el propio INE muestra que el grupo de edad con mayor tasa de condenados en 2025 fue el de 21 a 30 años, con 14,4 condenados por cada 1.000 habitantes.

Esto resulta especialmente relevante cuando se comparan poblaciones con estructuras de edad diferentes.

La conclusión razonable no es ocultar las diferencias existentes, sino interpretarlas correctamente.

Hay delincuentes españoles y extranjeros. La ley debe actuar contra ellos por lo que hacen, no contra ellos por lo que son.


2. La seguridad es una preocupación legítima

Reconocer lo anterior tampoco significa negar que la seguridad ciudadana sea un problema importante.

Cualquier ciudadano tiene derecho a vivir sin miedo a ser asaltado, agredido o robado. Una sociedad democrática no puede pedir a sus ciudadanos que acepten el delito en nombre de la solidaridad.

Pero tampoco debemos alimentar la sensación de que España vive sumida en una delincuencia descontrolada.

El Balance de Criminalidad del Ministerio del Interior correspondiente al primer semestre de 2025 registró 1.212.268 infracciones penales, un 0,9 % menos que en el mismo periodo de 2024. La tasa de criminalidad convencional se situó en 40,6 delitos por cada 1.000 habitantes, una de las cifras más bajas de la serie histórica.

Existe, por tanto, un fenómeno curioso.

La preocupación por la seguridad puede aumentar aunque determinados indicadores generales de criminalidad no lo hagan.

Esto demuestra la enorme importancia que tienen las imágenes, las redes sociales, los casos especialmente violentos y la repetición constante de determinadas noticias.

Un delito cometido por un extranjero puede convertirse en una noticia nacional. Miles de extranjeros que trabajan, estudian, cuidan ancianos, conducen autobuses, trabajan en restaurantes, construyen viviendas o cotizan a la Seguridad Social no constituyen noticia.

El problema aparece cuando lo excepcional se presenta como representativo.


3. ¿Vienen los inmigrantes a vivir de las ayudas?

Esta es otra de las afirmaciones que más se repiten:

"Vienen, reciben ayudas y viven del Estado."

Pero tampoco los datos permiten formularlo de esa manera.

Tomemos como ejemplo el Ingreso Mínimo Vital.

Para acceder a esta prestación no basta con ser extranjero. Entre los requisitos generales figura tener residencia legal y efectiva en España durante al menos el año anterior, además de encontrarse en situación de vulnerabilidad económica y cumplir otras condiciones relativas a la unidad de convivencia.

Es decir, no existe una prestación denominada "ayuda al inmigrante".

El sistema de protección social establece unas determinadas condiciones y, en términos generales, esas condiciones se aplican con independencia de que el beneficiario sea español o extranjero.

Esto no significa que no pueda existir fraude, ni que todas las prestaciones estén perfectamente diseñadas, ni que no podamos discutir si algunas ayudas deberían estar mejor vinculadas a la formación y al empleo.

Es perfectamente legítimo defender una política social que incentive la incorporación al mercado laboral.

Pero una cosa es discutir cómo debe funcionar el Estado del bienestar y otra afirmar que los extranjeros disponen de un sistema de ayudas reservado para ellos.

La pobreza puede dar derecho a una prestación; la nacionalidad, por sí sola, no.


4. Millones de extranjeros trabajan y cotizan

Probablemente uno de los datos que más contradice la imagen del inmigrante mantenido por el Estado sea el número de extranjeros que trabajan en España.

En julio de 2026 la Seguridad Social alcanzó por primera vez los 3.512.223 afiliados extranjeros de media. Representaban el 15,6 % del conjunto de afiliados y habían aumentado en 420.875 personas respecto a un año antes.

No estamos hablando de una realidad marginal.

Estamos hablando de más de tres millones y medio de personas que participan directamente en el mercado laboral y realizan sus correspondientes cotizaciones.

Además, su presencia no se limita a trabajos poco cualificados. Es especialmente importante en sectores como la hostelería, la agricultura, la construcción, el transporte y determinadas actividades administrativas, pero también está creciendo en actividades profesionales, científicas, financieras y tecnológicas.

Un estudio del Banco de España señala, además, que en 2024 el número de ocupados extranjeros aumentó un 6,9 %, frente al 1,4 % de crecimiento de los ocupados nacionales.

Por tanto, sería absurdo afirmar que todos los inmigrantes vienen a vivir de las prestaciones.

Una parte importante de la población extranjera está haciendo exactamente lo contrario:

trabaja, cotiza, paga impuestos y participa en la producción de bienes y servicios que necesita la sociedad española.


5. España necesita trabajadores

Aquí aparece una contradicción que deberíamos afrontar con serenidad.

España envejece.

Tenemos menos nacimientos, vivimos más años y aumenta el número de personas que alcanzan edades avanzadas.

Las proyecciones del INE muestran que durante los próximos años el número de defunciones continuará siendo superior al de nacimientos. Entre 2024 y 2038 se proyectan unos 5,5 millones de nacimientos, un 8,7 % menos que en los quince años anteriores.

La consecuencia es clara:

España necesita aumentar su población activa si quiere mantener su nivel de actividad económica y sostener un Estado del bienestar que tendrá que atender a una población cada vez más envejecida.

Las propias proyecciones del INE muestran hasta qué punto la inmigración resulta determinante. En un escenario hipotético de saldo migratorio nulo durante todo el periodo 2024-2074, la población española podría descender hasta unos 32 millones de habitantes.

Esto no significa que la inmigración sea la solución mágica al problema demográfico.

No lo es.

Los inmigrantes también envejecen y sus tasas de fecundidad terminan aproximándose con el tiempo a las del país receptor.

Por eso España necesita simultáneamente una política de apoyo a la natalidad, vivienda accesible, aumento de la productividad, formación profesional, conciliación familiar y una política migratoria ordenada.

Pero ignorar la aportación de la inmigración sería cerrar los ojos ante una realidad evidente.


6. No necesitamos cualquier inmigración: necesitamos integración

Reconocer la necesidad de inmigración no significa defender una política de fronteras abiertas sin condiciones.

Al contrario.

Si España necesita trabajadores extranjeros, lo razonable sería intentar que buena parte de esa inmigración se produzca de forma legal, ordenada y vinculada a las necesidades reales del mercado laboral.

Sería deseable que quien llegara pudiera conocer el idioma, comprender las normas básicas de convivencia y disponer de una formación que facilitara su incorporación al mercado laboral.

No hay nada xenófobo en defender esto.

Al contrario: la integración exige derechos, pero también exige responsabilidades.

Aprender el idioma.

Respetar las leyes.

Escolarizar a los hijos.

Trabajar cuando se está en condiciones de hacerlo.

Respetar la libertad religiosa y personal de los demás.

Aceptar las normas básicas de convivencia.

Y, al mismo tiempo, recibir un trato digno y disponer de oportunidades reales para integrarse.

La integración no consiste en exigir al inmigrante que deje de ser quien es.

Consiste en permitirle conservar parte de su identidad mientras aprende a formar parte de una sociedad que también es la suya.


7. La inmigración irregular es otra cuestión

Aquí debemos hacer una distinción fundamental.

Una cosa es hablar de inmigración y otra de inmigración irregular.

Un ciudadano extranjero que reside legalmente en España y trabaja no puede ser colocado en el mismo saco que una persona que ha entrado irregularmente.

La inmigración irregular plantea problemas específicos:

¿Quién puede entrar?

¿Cuántas personas puede recibir el país?

¿Cómo se gestionan las fronteras?

¿Qué ocurre con quienes no tienen derecho legal a permanecer?

¿Cómo se lucha contra las mafias que organizan las rutas?

¿Cómo se garantiza la seguridad?

¿Cómo se realizan las expulsiones cuando legalmente corresponden?

Son preguntas legítimas.

Una política migratoria seria tiene que responderlas.

Pero hay algo que no deberíamos hacer:

convertir la irregularidad administrativa en una identidad moral.

Una persona puede encontrarse en situación irregular sin ser delincuente violento.

Puede haber incumplido una norma administrativa y seguir siendo una persona honrada.

Del mismo modo que un ciudadano español puede cometer un delito y seguir teniendo derechos fundamentales.

El Estado debe aplicar la ley, pero no necesita deshumanizar a quien la ha infringido.


8. La frontera no puede ser la única política migratoria

Hay otra pregunta que suele quedar fuera del debate:

¿Por qué vienen?

Una persona no atraviesa el desierto, cruza el Mediterráneo o se sube a una embarcación precaria porque le resulte agradable abandonar su país.

En muchos casos hay detrás pobreza, falta de oportunidades, guerras, persecuciones, inestabilidad política, desigualdad o ausencia de perspectivas.

Esto no justifica la entrada irregular.

Pero ayuda a comprenderla.

Y comprender no significa justificar.

Si queremos reducir la inmigración irregular de manera duradera, necesitamos actuar también sobre las causas que la generan.

Eso exige cooperación con los países de origen, inversión, educación, formación profesional, creación de empleo y vías legales y seguras de migración.

También exige combatir a las organizaciones criminales que convierten la desesperación humana en un negocio.

La experiencia histórica muestra que levantar una barrera no hace desaparecer el deseo de emigrar cuando las diferencias entre sociedades siguen siendo enormes.

Puede cambiar la ruta.

Puede aumentar el precio.

Puede hacer el viaje más peligroso.

Pero no necesariamente elimina la causa.


9. La paradoja europea

Europa se encuentra ante una paradoja.

Necesita trabajadores.

Necesita aumentar su población activa.

Necesita mantener sus sistemas de pensiones y servicios públicos.

Pero, al mismo tiempo, una parte importante de la población teme que la inmigración provoque inseguridad, pérdida de identidad, presión sobre la vivienda o deterioro de los servicios públicos.

No podemos resolver esta contradicción mediante propaganda.

Necesitamos política.

Una política que diga claramente:

Sí al control de las fronteras.

Sí a la lucha contra las mafias.

Sí a las expulsiones cuando procedan legalmente.

Sí a exigir el cumplimiento de las leyes.

Sí a una inmigración legal y ordenada.

Pero también:

No a identificar extranjero con delincuente.

No a atribuir a los inmigrantes todas las dificultades de los servicios públicos.

No a afirmar que todos viven de las ayudas.

No a convertir determinados delitos cometidos por extranjeros en una explicación de toda la inmigración.

No a utilizar el miedo como sustituto de una política migratoria.


10. ¿Por qué crece la extrema derecha?

Quizá la pregunta más interesante no sea únicamente por qué llegan los inmigrantes, sino por qué una parte creciente de la sociedad está dispuesta a escuchar discursos cada vez más duros contra ellos.

La respuesta probablemente no sea simplemente el racismo.

Hay personas preocupadas por la vivienda.

Por los salarios.

Por la inseguridad.

Por la saturación de determinados servicios públicos.

Por la sensación de pérdida de control.

Por la rapidez de los cambios culturales.

Por la dificultad de integrar a determinadas comunidades.

Y por la percepción de que las instituciones no tienen respuestas.

Si la política democrática responde a todas estas preocupaciones llamando "racista" a quien las plantea, dejará un espacio enorme para quienes prometen soluciones sencillas.

La extrema derecha crece, en parte, porque ofrece respuestas simples a problemas complejos.

"Expulsémoslos."

"Cerremos las fronteras."

"Son ellos los culpables."

"Las ayudas son para los extranjeros."

"Los delincuentes son inmigrantes."

Son mensajes fáciles de entender.

El problema es que la realidad es mucho más complicada.


11. La responsabilidad de quienes defienden la inmigración

Pero también quienes defendemos una visión abierta de la inmigración tenemos una responsabilidad.

No podemos negar los problemas.

No podemos decir que todos los inmigrantes se integran perfectamente.

No podemos negar que existen barrios donde la concentración de población vulnerable genera problemas.

No podemos ignorar las dificultades de determinados ayuntamientos.

No podemos negar que existen diferencias en las tasas de delincuencia.

No podemos defender una inmigración ilimitada sin preguntarnos cuál es la capacidad real de integración de una sociedad.

Y tampoco podemos exigir solidaridad a los ciudadanos sin preocuparnos por sus problemas cotidianos.

La solidaridad necesita límites, organización y recursos.

De lo contrario, puede terminar provocando rechazo precisamente entre quienes inicialmente estaban dispuestos a acoger.


12. Una política migratoria adulta

Quizá España necesite abandonar definitivamente dos posiciones asimismo insuficientes.

La primera sostiene:

"Que venga todo el mundo; ya veremos cómo lo solucionamos."

La segunda:

"Que no venga nadie; el problema desaparecerá."

Ninguna de las dos responde a la realidad.

España necesita inmigración, pero no cualquier inmigración.

Necesita trabajadores, pero también necesita integración.

Necesita controlar sus fronteras, pero también necesita vías legales de entrada.

Necesita perseguir el delito, pero sin convertir la nacionalidad en una sospecha.

Necesita proteger sus servicios públicos, pero sin construir un relato falso sobre quién los utiliza.

Necesita cooperar con los países de origen, porque ningún muro será suficiente si las causas de la emigración permanecen intactas.

Y necesita, sobre todo, recuperar una cosa que el debate político parece haber perdido:

la capacidad de distinguir.

Distinguir entre inmigración legal e irregular.

Entre inmigrante y delincuente.

Entre delincuencia y nacionalidad.

Entre ayuda social y privilegio.

Entre integración y asimilación.

Entre control fronterizo y rechazo al extranjero.

Entre solidaridad e ingenuidad.

Entre seguridad y miedo.


13. Ni ingenuidad ni xenofobia

La inmigración no es buena ni mala por sí misma.

Es un fenómeno humano.

Puede generar riqueza, rejuvenecimiento demográfico, diversidad cultural y fuerza laboral.

También puede generar problemas cuando se produce de manera desordenada, cuando no existen suficientes recursos de integración o cuando determinadas personas quedan atrapadas en la marginalidad.

La respuesta no puede ser negar unos problemas ni exagerar otros.

Debe ser gestionarlos.

España puede defender sus fronteras sin odiar a quienes están al otro lado.

Puede exigir el cumplimiento de sus leyes sin deshumanizar.

Puede expulsar legalmente a quien deba ser expulsado sin convertir a todos los extranjeros en una amenaza.

Puede acoger a quien tenga derecho a protección sin renunciar al control migratorio.

Puede necesitar trabajadores extranjeros y, al mismo tiempo, exigirles que aprendan el idioma y respeten las normas de convivencia.

Y puede reconocer que la delincuencia existe entre la población extranjera sin olvidar que la mayoría de las personas condenadas en España son españolas. En 2025 fueron el 70,2 %.

La realidad no cabe en un eslogan.

Y quizá ese sea precisamente el problema.

Cuando una sociedad tiene miedo, busca culpables.

Cuando una sociedad piensa, busca causas.


Conclusión: mirar al ser humano sin cerrar los ojos ante el problema

La inmigración nos coloca ante una de las grandes preguntas de nuestro tiempo:

¿Cómo podemos proteger nuestra sociedad sin dejar de reconocer la humanidad de quienes llaman a nuestra puerta?

No tenemos que escoger entre seguridad y humanidad.

Necesitamos ambas.

Una frontera controlada no tiene por qué ser una frontera cruel.

Una política de integración no tiene por qué ser una política de fronteras abiertas.

Una política de expulsión de quienes no tienen derecho a permanecer no tiene por qué convertirse en una política de odio.

Y una política de acogida no tiene por qué significar ausencia de límites.

Quizá la verdadera madurez de una sociedad consista precisamente en ser capaz de sostener dos verdades al mismo tiempo:

Tenemos derecho a proteger nuestra casa.

Y quienes llaman a nuestra puerta siguen siendo seres humanos.

El reto no consiste en elegir entre seguridad y solidaridad.

Consiste en construir una política capaz de hacer compatibles ambas.

Porque cuando dejamos que el miedo piense por nosotros, cualquier extranjero puede convertirse en una amenaza.

Pero cuando dejamos que la ingenuidad piense por nosotros, cualquier problema puede quedar sin respuesta.

Entre ambos extremos existe un espacio mucho más difícil:

el de la responsabilidad.

Y probablemente sea ahí donde debería situarse el debate sobre la inmigración.

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