Durante
años, Steve había dirigido empresas, reuniones y personas.
Sabía
tomar decisiones, resolver problemas y conseguir resultados. Sin embargo, una
mañana, mientras contemplaba su despacho vacío, comprendió que había algo que
no sabía dirigir: su
propia vida.
Por
eso fue a visitar a María.
—Quiero
aprender a ser un buen líder —le dijo.
María
sonrió.
—Entonces
tendrás que dejar de pensar en cómo dirigir a los demás.
Steve
la miró sorprendido.
—¿Y
qué debo hacer?
—Empezar
por escucharte.
Aquella
fue la primera de muchas visitas.
En
cada encuentro, María le hacía una pregunta.
Un
día le preguntó:
—¿Qué
has perdido?
Otro:
—¿Qué
haces cuando tienes miedo?
Después:
—¿Para
qué quieres tener poder?
Y
más adelante:
—¿Qué
significado tiene para ti lo que haces?
Steve
comenzó a descubrir que había pasado media vida intentando que los demás
hicieran lo que él quería, mientras apenas había escuchado lo que necesitaban.
María
le habló entonces de cuatro regalos que todo verdadero líder puede ofrecer: autoría, amor, poder y significado.
—Dales
autoría —le dijo— para que puedan sentirse dueños de su camino.
—Dales
amor —continuó—, no como sentimentalismo, sino como respeto y reconocimiento.
—Comparte
tu poder, para que el poder de los demás pueda crecer.
—Y
ayúdales a encontrar significado. Porque una persona puede trabajar por
obligación, pero solo entrega el alma cuando encuentra un porqué.
Steve
comenzó a cambiar.
Dejó
de preguntar solamente:
—¿Qué
tenemos que conseguir?
Y
empezó a preguntar:
—¿Qué
podemos aprender?
Dejó
de decir:
—Yo
tengo la solución.
Y
comenzó a decir:
—¿Qué
pensáis vosotros?
Dejó
de considerar a las personas piezas de una organización y empezó a verlas como
seres humanos con historias, miedos y sueños.
Un
día volvió a casa de María.
—Creo
que ya lo entiendo —dijo.
Ella
permaneció en silencio.
—Pensaba
que un líder era alguien que sabía hacia dónde llevar a los demás. Ahora creo
que es alguien capaz de caminar con ellos.
María
asintió.
—Estás
cerca.
—¿Cerca
de qué?
—De
comprender que tampoco tienes que llevarlos a ninguna parte.
Steve
guardó silencio.
—Entonces,
¿qué hace un líder?
María
señaló la ventana.
Afuera,
unos árboles se movían suavemente con el viento.
—A
veces —dijo— un árbol no hace crecer a otro árbol. Simplemente le ofrece
sombra, espacio y tiempo para que pueda crecer por sí mismo.
Steve
sonrió.
Por
primera vez en mucho tiempo no sintió que tenía que conseguir nada.
Comprendió
que quizá el liderazgo no consistía en estar delante.
Ni
siquiera en estar detrás.
Consistía
en estar presente.
Y
entonces recordó algo que María le había dicho en su primera visita:
—Antes
de aprender a dirigir a otros, tendrás que aprender a habitarte a ti mismo.
Steve
salió a la calle.
Seguía
siendo el mismo hombre.
Pero
ya no caminaba buscando convertirse en alguien.
Caminaba
preguntándose qué podía
despertar en los demás sin impedirles descubrirlo por sí mismos.
Y
comprendió que aquel era, quizá, el comienzo de otro tipo de liderazgo: el que nace del alma.
Basado en el libro de Lee G. Bolman y Terrence E. Deal, “Liderazgo
con alma”
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