EL DESPERTAR DE ALBA

 

Había una vez una ola llamada Alba.

Nació en medio de una tormenta, alta, esbelta y luminosa, orgullosa de su forma. Durante días viajó sobre el Mar, acariciada por el viento y bañada por el sol. No sabía de dónde venía aquella fuerza que la impulsaba, pero disfrutaba de sentirse viva.

Hasta que un día vio la costa.

A lo lejos aparecieron unas rocas oscuras. Alba observó cómo sus hermanas, una tras otra, se acercaban a ellas, se elevaban majestuosas y terminaban rompiéndose contra los acantilados, convertidas en espuma.

Alba sintió miedo.

—¿Por qué haces esto? —gritó al Mar—. ¿Por qué nos llevas hacia las rocas si sabes que vamos a desaparecer?

El Mar no respondió. Solo siguió latiendo bajo ella.

Alba volvió a gritar:

—¡Detente! ¡Cambia nuestro rumbo! ¡No quiero morir!

Pero las olas continuaron avanzando.

Entonces Alba sintió una tristeza profunda. Recordó el sol sobre su espalda, el juego con sus hermanas, las noches bajo las estrellas. ¿De qué había servido todo aquello si al final solo le esperaba la destrucción?

Desesperada, hizo algo que nunca había hecho: dejó de mirar hacia la costa y miró hacia dentro.

Descendió con su pensamiento hacia las profundidades del Mar. Allí, donde ya no llegaba la luz, encontró un silencio inmenso.

Y en aquel silencio sintió una presencia.

No era una voz, sino una certeza.

—¿A quién le pides que detenga tu camino?

—A ti —respondió Alba—. Al Mar que me mueve y me lleva hacia las rocas.

Entonces llegó otra pregunta:

—¿Y tú, Alba, de qué estás hecha?

Alba permaneció en silencio.

Por primera vez se contempló de verdad.

Descubrió que el agua de su cresta era la misma agua que llenaba las profundidades. Que la fuerza que tanto temía no venía de fuera: era el propio Mar moviéndose en ella.

Comprendió entonces que nunca había estado separada.

Ella era una ola, sí. Tenía una forma, un nombre y un tiempo limitado sobre la superficie. Pero, en lo más profundo, siempre había sido Mar.

El miedo comenzó a desaparecer.

Las rocas seguían allí.

El camino seguía siendo el mismo.

Lo que había cambiado era su manera de mirarlo.

Cuando finalmente llegó a la costa, Alba ya no luchó.

Se dejó llevar.

Por un instante se elevó bajo la luz del atardecer y después se abrió sobre las rocas. Su forma se deshizo en espuma, en gotas, en agua que regresaba al agua.

Y entonces comprendió: no estaba muriendo.

Estaba regresando a casa.

La ola desapareció, pero el Mar permaneció.

Quizá nosotros seamos como Alba.

Quizá también nosotros nos pasemos la vida creyendo que somos únicamente esa pequeña forma que aparece durante un tiempo sobre la superficie.

Nos identificamos con nuestro nombre, nuestro cuerpo, nuestros recuerdos, nuestras pérdidas y nuestros miedos. Y cuando la vida nos conduce hacia nuestras propias rocas, clamamos al cielo y preguntamos:

¿Por qué a mí? ¿Por qué yo?

Tal vez el despertar no consista en conseguir que el Mar cambie su rumbo.

Tal vez consista en descubrir quiénes somos mientras las olas nos llevan.

Porque quizá nunca estuvimos separados.

Quizá somos, como Alba,

el Mar creyendo por un instante que es una ola.

Y quizá despertar sea simplemente recordar que, bajo todas nuestras formas y todos nuestros miedos,

siempre fuimos Océano.

 

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