LA AVENTURA

 


La noche antes de marcharse, Mamadou se sentó bajo el viejo baobab de su aldea.

Tenía veintidós años y al día siguiente partiría hacia Europa con sus amigos Boubacar y Saliou.

España.

Pronunciaban aquella palabra como quien pronuncia el nombre de un sueño.

—Será una aventura —había dicho Boubacar.

Y los tres habían reído.

Mamadou quería trabajar y enviar dinero a su madre. Algún día tendría una casa para ella.

—Tendrá una ventana grande —decía.

—¿Y qué se verá desde ella?

—El cielo.

Antes de partir, su madre le entregó un pequeño pañuelo azul.

—Para cuando tengas miedo.

—¿Y si tengo mucho miedo?

Ella lo abrazó.

—Entonces recuerda que alguien te espera.

Los primeros días todavía fueron una aventura.

Caminaban, hablaban de sus proyectos y hacían planes.

Hasta que llegaron al desierto.

El calor, la sed y el cansancio fueron borrando poco a poco las risas.

Después aparecieron unos hombres que prometieron llevarlos hasta el norte.

No los llevaron.

Los encerraron.

Les quitaron el dinero, los documentos y los obligaron a trabajar.

Después llegaron los golpes, el hambre y las noches que Mamadou nunca quiso recordar.

Algunas noches aquellos hombres entraban en el lugar donde estaban encerrados.

Después de aquello, nadie hablaba.

Boubacar dejó de sonreír.

Saliou intentó escapar una madrugada.

Nunca volvió.

Mamadou no supo si estaba vivo.

Entonces comprendió que aquello ya no era un viaje.

Era sobrevivir.

Una noche consiguió escapar.

Corrió sin saber hacia dónde.

Durante meses caminó, trabajó cuando encontró trabajo y durmió donde pudo.

Recogió fruta, cargó mercancías, lavó platos.

Hubo días en los que quiso regresar.

Pero no podía.

Había perdido demasiado para volver siendo el mismo.

Guardaba el pañuelo azul de su madre en la mochila.

Nunca lo había utilizado.

Quizá porque el miedo se había hecho demasiado grande.

Tres años después de abandonar su aldea llegó al norte de África.

Delante de él estaba la valla.

Al otro lado estaba España.

Aquella noche casi no durmió.

Cuando comenzaron a correr, pensó en su madre.

En Boubacar.

En Saliou.

En la casa.

En la ventana.

En el cielo.

Subió.

Cayó.

Volvió a subir.

Y finalmente consiguió pasar.

No sintió alegría.

Se sentó en el suelo, agotado.

Levantó la cabeza.

Y vio el cielo.

El mismo cielo de su aldea.

Sacó el pañuelo azul y lo apretó entre las manos.

Entonces lloró.

Muchos años después alguien le preguntó:

—¿Cómo fue tu aventura?

Mamadou miró por la ventana de su pequeña casa.

—Una aventura es algo que uno decide vivir —respondió.

Guardó silencio.

—Yo no decidí tener hambre. Ni que me esclavizaran. Ni perder a mis amigos. Ni tener miedo.

Volvió a mirar el cielo.

—Pero decidí no rendirme.

Durante unos instantes permaneció en silencio.

Entonces comprendió que aquella había sido su verdadera aventura.

No atravesar el desierto.

No cruzar países.

No saltar una valla.

La verdadera aventura había sido atravesar todo aquello sin dejar de ser persona, humano.

Desde aquella ventana podía contemplar finalmente el cielo.

El mismo cielo que había visto sobre su aldea.

El mismo que lo había acompañado durante el desierto.

El mismo que había contemplado desde el otro lado de aquella valla.

Y comprendió algo que había tardado muchos años en aprender: quizá algunas personas pasan media vida buscando un lugar al que llegar, mientras otras pasan la vida entera intentando no perderse a sí mismas mientras llegan.

Él había hecho las dos cosas.

Había llegado.

Y, contra todo lo que había vivido, seguía siendo Mamadou.

Sonrió.

Pensó entonces en su madre y en aquel pequeño pañuelo azul que todavía guardaba.

Recordó sus palabras:

«Procura que desde esa ventana puedas ver el cielo.»

Mamadou volvió a mirar hacia arriba.

Y por primera vez comprendió que su madre no le había hablado solamente de una casa.

Le había hablado de la libertad.

Porque podía haber fronteras entre los países.

Podían levantar vallas.

Podían cerrar caminos.

Pero había algo que ninguna frontera podía detener:

el deseo de un ser humano de encontrar un lugar donde poder vivir.

Comentarios