El hombre había construido una hermosa casa en un lugar privilegiado, a
orillas del río. Para ampliar el jardín y proteger su propiedad, levantó un
muro que desvió la corriente hacia las viviendas más humildes, situadas río
abajo.
Una noche, las lluvias torrenciales hicieron crecer el río. El agua
desbordada invadió las casas, arrastrando con furia muebles, animales y
recuerdos. Muchas familias tuvieron que abandonarlas con lo puesto. Una mujer
salió a la calle anegada con su hijo en brazos, mientras algunos vecinos
gritaban pidiendo ayuda para evitar que la corriente se los llevara.
Desde su terraza, el hombre contempló la escena impasible, sintiéndose
seguro tras su muro de contención.
—¡Por favor, abra
una salida en el muro! ¡El agua está inundando nuestras casas! —gritaban los
vecinos.
Pero hacerlo significaba inundar su jardín, dañar los cimientos y poner
en peligro su casa y su fortuna.
—No puedo sacrificar lo mío por todo el mundo —respondió.
Al amanecer, el río había vuelto a su cauce. En el barro quedaron las
ruinas de varias casas y, junto a ellas, el pequeño zapato de un niño.
El hombre ordenó reparar el muro. Después plantó flores y celebró que su
casa hubiera resistido.
Pasaron los años. El jardín se hizo hermoso y el hombre envejeció entre
sus riquezas. Una tarde, mientras paseaba, vio a un hombre que lo observaba
desde el otro lado de la verja.
—¿Puedo ayudarle? —preguntó.
—Busco el lugar donde estaba nuestra casa. El agua se la llevó hace
años. También se llevó a mi hermanito y a mi madre. Nunca volvimos a
encontrarlos.
El hombre sintió una punzada extraña. Miró el jardín, luego el muro, y
por primera vez recordó aquella noche. Una pequeña luz se abrió paso en su
conciencia.
Quiso decir algo, pero no encontró palabras que pudieran devolverle lo
que aquel hombre había perdido.
El visitante se marchó sin conocer la verdad.
El hombre permaneció inmóvil, contemplando el muro que había protegido
su casa y condenado a otros al desamparo.
Recordó entonces aquellas palabras que había oído alguna vez: que el
mayor pecado del hombre era haber nacido.
Por primera vez, se preguntó si el verdadero pecado no sería haber
vivido sin sentir el dolor que causaba a los demás.

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