EL SANTO Y LA MUJER

 



En aquel pueblo había un hombre que se creía merecedor de un lugar entre todos los santos porque dedicaba su vida a propagar la palabra de Dios.

Cada domingo subía al púlpito y, con voz firme, hablaba de los mandamientos, del pecado y del castigo que, según él, nos apartaban del Paraíso.

—Dios ve todo lo que hacemos —repetía—. Y cada uno tendrá que responder de sus actos.

Los vecinos lo escuchaban en silencio.

Él conocía bien las Escrituras y no perdía ocasión de recordar a los demás cómo debían comportarse.

Tenía especial preocupación por una mujer del pueblo.

Vivía sola con sus tres hijos y apenas tenía recursos para alimentarlos.

Algunas noches, cuando los niños dormían, salía de casa y entregaba su cuerpo a cambio de un dinero que necesitaba para llevar comida a su mesa.

El hombre de la iglesia no se lo perdonaba.

—Es una pecadora —decía—. Mientras no abandone esa vida, no puede considerarse una mujer de Dios.

Y cuando la veía entrar en la iglesia, bajaba la voz para que los demás comprendieran su desaprobación.

La mujer agachaba la cabeza y no respondía.

Aquella noche, como todas las noches, cuando sus hijos estuvieron acostados, se arrodilló junto a sus camas. Con lágrimas en los ojos, pidió perdón y puso su vida y la de sus hijos en manos de Dios.

—Dios mío —susurró—, perdóname si he hecho algo que no debía. Tú sabes que solo quiero que mis hijos tengan algo que comer. Cuídalos esta noche y ayúdame a seguir adelante.

Después besó a cada uno de ellos y se acostó.

En la misma calle vivía otro hombre.

No iba casi nunca a la iglesia.

No hablaba de Dios.

No sabía muchas oraciones y jamás se le había ocurrido decir a nadie que tenía buen corazón.

Pero cuando sabía que una familia no tenía comida, dejaba discretamente una bolsa en la puerta.

Si alguien enfermaba, allí estaba.

Si un anciano necesitaba compañía, se acercaba.

Y cuando supo de la situación de aquella mujer, empezó a estar también a su lado.

Nunca le preguntó por qué hacía lo que hacía.

Nunca la juzgó.

Alguna vez le dejaba dinero.

Otras veces, una bolsa de alimentos.

Y cuando podía, se quedaba un rato jugando con los niños para que ella pudiera descansar.

—No tienes que devolverme nada —le decía—. Todos necesitamos ayuda alguna vez.

Pasaron los años.

El hombre de la iglesia continuó hablando de Dios.

El otro continuó estando al lado de quienes encontraba en su camino.

Hasta que un día ambos murieron.

Y cuentan que, al llegar al cielo, el primero se presentó ante Dios con la seguridad de quien había cumplido con su deber.

—Señor —dijo—, difundí tu palabra durante toda mi vida. Defendí tus mandamientos y advertí a los pecadores.

Dios lo miró en silencio.

Después apareció el otro hombre.

No llevaba discursos.

No llevaba méritos.

No tenía nada que mostrar.

Solo sus manos, gastadas de ayudar.

Entonces Dios sonrió.

—¿Y tú? —le preguntó.

El hombre bajó la mirada.

—Yo no sé si hice mucho. Solo intenté estar allí cuando alguien me necesitaba.

Dios volvió a sonreír.

Y dicen que fue entonces cuando el primero comprendió algo que había tardado toda una vida en entender:

había hablado tanto de Dios que no había tenido tiempo de verlo en quienes sufrían delante de él.

Porque quizá la santidad no se mide por cuánto pronunciamos el nombre de Dios, ni por cuántas veces nos golpeamos el pecho.

Quizá se reconoce en algo mucho más sencillo:

en las manos que ayudan, en el corazón que no juzga y en quien, pudiendo mirar hacia otro lado, decide quedarse.

 

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